Dragones de Piedra: La aventura de la escalada

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Texto: Lucas Debandis
Fotos: 
Bruno Brachetta y Alejandro Calise. Especial para EXPLÍCITO

Una buena forma de conocer a una persona es mirando qué hace cuando se encuentra de frente contra un muro que se levanta en su camino. Algunos pegan la vuelta en redondo, renunciando a su objetivo para siempre. Otros se chocan la pared mil veces con su cara, convirtiendo su vida en un loop cómico y trágico. Algunos se organizan y lo derriban con explosivos y arietes. Pero hay otros, que con mucha paciencia y convicción se las arreglan para escalarlo. De todos, yo prefiero a los escaladores. Porque son los únicos que entienden su relación con el muro. Porque son los únicos que lo pueden disfrutar.

La escalada deportiva es una actividad que crece exponencialmente por estos días en todo el mundo, a tal punto, que va a participar como disciplina olímpica en Tokio 2020. Quizás, lo más atractivo de este deporte sea lo lejos que está de la idea de deporte que nos ha inyectado la cultura a través de la televisión. Las diferencias están a la vista:

La escalada es deportiva pero no implica competencia contra otros. Consiste en superar las dificultades que presenta el muro y los propios miedos, pero sin el estrés de tener que ganarle a alguien o de ser derrotado. Es una actividad colectiva, pero los objetivos son comunes, el éxito de uno no implica el fracaso del otro sino todo lo contrario. La función de los compañeros de escalada es darse confianza, cuidarse de los accidentes, enseñarse mutuamente alternativas para llegar hasta lo más alto de una vía.

A diferencia de las postales que se le vienen a uno a la cabeza cuando se pronuncia la palabra deporte, en la escalada el campo de juego es la naturaleza. Lo silvestre, la imperfección, lejos de quitarle valor a la actividad le agrega épica. El escenario ideal para un escalador es la antítesis de esos estadios modernos y sofisticados: lo que tiene que deslumbrar es la montaña, no el hombre.

La piedra solamente está marcada con una serie de chapas atornilladas cada tres metros formando vías verticales. En esas chapas enganchan sus cuerdas los escaladores para que una caída no signifique la muerte. Encadenar una vía consiste en trepar esas paredes de 25, 30, 35 metros haciendo posta en cada chapa para pasar la cuerda. Abajo, en el otro extremo de esa misma cuerda, un asegurador regula la tensión y sigue con la vista los movimientos del que sube, preparado para hacer contrapeso si llega a dar un paso en falso. Pero, ¿Cómo llegan esas chapas a la piedra? ¿Quién las atornilló ahí? ¿Qué motiva a alguien a aventurarse entre las quebradas y dejar esas huellas verticales?

Los Aperturistas

Los días trece y catorce de noviembre, nos aventuramos con un grupo de escaladores a las inmediaciones de la cascada Hunuc Huar para abrir las vías de un nuevo sector de escalada deportiva. El primero en Penitentes. La idea surgió de un grupo de amigos en Mundo Perdido, un hostel y museo que funciona en algunas viejas instalaciones del ferrocarril, al costado sur de la ruta 7. Está motorizado por Fernando Palma y su familia. Él nos explica que, como todo en la montaña, la movida nace desde la necesidad. Necesidad de locales y visitantes de crear un espacio libre para jugar, para explorar la piedra con la vista pero también con el tacto, de vincularse con la roca de una forma más íntima. Y subraya la libertad. Como forma de trabajo y como filosofía de vida. Recuerda que “A cada acción corresponde una reacción en sentido opuesto.” Y habla de esta aventura como una consecuencia newtoniana al gran Shopping en el que convirtieron Aconcagua.

Marcela Morales pinta en la montaña.

Marcela Morales pinta en la montaña.

La advertencia es clara: Si el único criterio es la ganancia y el consumo, nos vamos a terminar consumiendo a nosotros mismos. Contra eso se rebelan estas personas y tratan de construir en la dirección inversa. “Perderemos dinero, pero ganamos calidad de vida.” Dice Fernando, y obliga a pensar en esa relación torcida que existe entre la plata y la felicidad.

Antes de salir, cerca de las ocho de la mañana, nos reunimos en Mundo Perdido y preparamos el equipo. La suegra de Fernando se acerca al grupo, nos pide atención y lee unos fragmentos bíblicos que seleccionó para inspirarnos. Es imposible no respirar la espiritualidad de ese momento. La cordillera se vuelve inabarcable con los ojos y la propia miniatura se pone en evidencia. Saberse así de insignificante hace que hasta los más ateos nos sintamos atravesados por la sensación de que nuestra vida depende mucho más del capricho de ese monstruo de piedra que de nosotros mismos.

La Intemperie

Caminar cuesta arriba con una mochila de treinta kilos en la espalda y un generador en una mano, aguantar el viento punzante sin un reparo en muchos metros a la redonda, concentrarse en cada paso para no ser víctima de los desprendimientos de rocas que esperan en cualquier lado. La intemperie no da descanso y el cuerpo lo siente. Decidir los lugares donde se van a equipar las vías implica llegar hasta las paredes que parecen potables, por caminos sin senderos y hostiles. Y una vez frente al muro, tantear la roca, comprobar cuál es su material, si se desprende, si puede soportar el tornillo que va a sostener la chapa. El cansancio en el cuerpo da risa cuando Cucumelo, el perro que nos acompaña, va y vuelve todo el trayecto hasta el campamento en el tiempo que nosotros nos tomamos para hacer un descanso.

Se hacen las dos de la tarde y todavía no hemos podido equipar ni una sola vía. El cielo está cerrado y el entusiasmo se pone a prueba. Fer se pone en cuclillas en el campamento y concentra la mirada en la altura del horizonte: “Acá todo es duro: como salir a cazar dragones. Uno es chiquito enfrentando a la inmensidad.” Pero no lo dice con desesperanza. Al contrario, le gusta la idea. Porque esa dureza, esa hostilidad es, ante todo, genuina. Te conecta con el resto de la naturaleza de forma directa, sin trampas ni firuletes. Marca el contraste con la vida urbana: “La ciudad es una puesta en escena, te hace perder el verdadero valor de las cosas.” dice mientras toma café. Y tiene razón. Ese café, a 2600 metros de altura, en el medio del viento, después del cansancio, se disfruta más. Porque es una necesidad verdadera, porque el que demanda es el propio cuerpo y no la televisión.

Pero mientras yo pienso en el café, Fernando quiere ilustrar sus palabras con una experiencia, y se retrotrae a su casamiento, en ese mismo lugar, algunos años atrás. Quiso casarse en esa cordillera que eligió como su casa, pero no se imaginó que un alud lo iba a aislar durante una semana con todos sus familiares y amigos sin agua ni comida.

Matrimonio de supervivencia

El relato dibuja una escena de película: parientes de malhumor fumando en un rincón, algún desesperado tratando de conseguir rescates extravagantes, niños abstraídos de la situación jugando a la pelota con un camionero brasileño… La historia empezó apenas terminó la ceremonia, cuando la lluvia empujó a todos a amontonarse debajo de los techos disponibles y la radio anunció que los aludes habían aislado la ruta. De improviso, tuvieron que diseñar un plan de contingencia para todos los invitados durante una semana.

Organizarse para dormir, racionar la comida, ocupar los tiempos libres para que el aburrimiento no siguiera apretando la tensión. Cada uno de los ocho pisos de la torta fue un desayuno. Un grupo de cóndores sobrevolando se convirtió en un espectáculo que hipnotizó a treinta personas. Las charlas se pusieron más profundas, el reloj dejó de apurar y las preocupaciones cotidianas se achicaron por un rato. Un helicóptero aterrizó para evacuar a la Flaca, esposa de Fernando, que estaba embarazada. Pero su respuesta fue clara: “¿A dónde me vas a llevar? Yo vivo acá.”

Y no se fueron más. Con cierto gusto a soledad cuando la ruta se liberó y la gente huyó de vuelta hacia sus rutinas, pero ellos se quedaron. A seguir apostando a esa vida dura, pero genuina.

Cambió la suerte

Pasadas las tres de la tarde llega la Flaca al campamento. Trae una bolsa llena de sopaipillas, hechas por su papá para toda la banda. El alimento, los mates y la charla renuevan el día. Y Fer arranca con Mauricio para la zona de la cascada, a seguir explorando con la intención de equipar nuestra primer vía. Cuando vuelven, a los exploradores los vende la cara: tenemos un lugar. Cargamos los equipos y encaramos la tarde, con la esperanza intacta de cazar algún dragón.

Fernando y Mauricio suben por detrás de la cascada para atar la cuerda y armar un rapel. Desde ahí  piensan bajar para taladrar y poner las chapas. El resto nos quedamos al pie del muro, atentos, expectantes. Llegan a su posición y nos hacen seña para que encendamos el generador y atemos el rotopercutor a una cuerda para subirlo. Después de algunos inconvenientes con el alargue y un poco de suspenso queda instalado el descuelgue (que consiste en dos chapas con argollas de metal para que corra una cuerda) y la vía estaba lista para equipar.

Cada una de las tres chapas que ponemos la atornilla una persona distinta, ocupándonos más del ritual que del tiempo y la practicidad. Es una vía sin mucha dificultad, corta, divertida. Un juguete nuevo y fácil de usar para cualquiera que quisiera empezar a recorrer ese camino hacia arriba que se llama escalada.

Cada vez que se equipa una vía, los aperturistas la bautizan con un nombre que la distinga, para cualquier escalador que la quiera intentar. Cuando por fin terminamos la primera, el cielo se abre por primera vez en el día y el humor de todos se restaura hasta el tope. El nombre se cae de maduro: Cambió la suerte.

La noche asoma y en el campamento se arma el fuego antes de que se vaya la claridad. Una parrilla, chorizos a las brazas y alguna guitarra. La Luna como una lámpara pone broche al Domingo.

El lunes Arranca temprano y encontramos otro sector para equipar. La aventura cierra con un nuevo sector inaugurado de cinco vías para probar y con posibilidades de varias más. Como forma de registro, la artísta plástica Marcela Morales instala el atril al pie de la cascada y hace participar a todos en el cuadro.

Pienso que le debe haber costado mucho hacer entrar tanta vivencia en un cuadro. Pienso que le debe haber costado tanto como me cuesta a mí hacerla entrar en las palabras. Y no hay caso, no entra. Pero sabemos que si no existieran vivencias como esta, las palabras (y las pinturas) tendrían menos sentido.