El mundo en venta

Crítica a la sinrazón turística

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Por Colectivo Cul de Sac

Algo huele a podrido en la industria turística. Al coro optimista que relata, cada año, los índices de ocupación hotelera y la llegada de turistas por millones, se le están empezando a oponer voces que señalan las contrapartidas del monocultivo turístico.

En 2017, España se convirtió en el segundo país receptor de turistas, sólo superado por Francia. Los 82 millones de personas que nos visitaron supusieron, según la OMT (Organización Mundial del Turismo), un ritmo de crecimiento del sector cercano al 25%. Crecimiento que previsiblemente se mantendrá en los próximos años, según palabras del secretario general de la OMT, Zurab Pololikashvili (El País, 11/01/2018). El beneficio económico que esta movilidad consumista rondó, según datos del sector, los 87.000 millones de euros. Según los más optimistas, la industria turística estaría a punto de convertirse en el sector protagonista de la tan ansiada “recuperación económica”.

Sin embargo, las críticas a la actividad turística se acumulan en diversos frentes. Las condiciones de los empleos turísticos, con la precariedad y la temporalidad estacional como norma; los impactos sobre las ciudades y los procesos de gentrificación, la presión ecológica sobre los lugares y sus recursos y economías locales; el llamado “turismo residencial” y su relación con el urbanismo depredador durante el ciclo del boom inmobiliario, el constante incremento de los precios de los alquileres y los problemas de regulación que supone la irrupción de plataformas digitales para el sector de los pisos turísticos; la relación de los flujos de capital turístico con el mantenimiento de un determinado orden geopolítico, etc.

Los distintos movimientos sociales y vecinales que comienzan a señalar la extensión de este llamado “síndrome de Venecia”, expresado en el hartazgo con la industria del turismo, son finiquitados desde los medios de comunicación con el apelativo de turismófobos. Sin embargo, ¿no será este rechazo a la depredación turística de los lugares una expresión de resistencia a la sociedad industrial y la forma que toma en algunos países desarrollados? ¿Cómo se relaciona este malestar turístico con los límites del crecimiento de la economía extractivista y el consumo de combustibles fósiles para mantener una movilidad perpetua? ¿No está la industria turística promoviendo un consumo acelerado del mundo demencial e insostenible? Estas y otras cuestiones plantea Mundo en venta. Crítica de la sinrazón turística, del sociólogo y activista francés Rodolphe Christin, que acaba de publicar Ediciones El Salmón, y del que ofrecemos aquí su primer capítulo:

Cuando sus hijos le preguntaban a mi abuelo, el tallador de piedras, por qué se negaba a ir de vacaciones, él respondía: “¿Para qué, si no conozco todas las piedras de mi pueblo?”. Esta respuesta, que movía a la risa, solía achacarse a la edad, el miedo al cambio, las viejas costumbres y, no temamos decirlo, a la estrechez de miras propia de una época premoderna.

Sin embargo, mi abuelo, sin saberlo, formaba parte de una vanguardia. Con su comportamiento anticipaba una respuesta a los desórdenes ecológicos que en parte generan nuestros desplazamientos motorizados.

Enseñaba que hay que saber preocuparse por lo cercano. Para él, como para el sabio Confucio y para el escritor y viajero ginebrino Nicolás Bouvier, “el mundo empezaba en el umbral de casa”.

Siempre por valles y montañas buscando la piedra ideal, a pie o en su furgoneta dos caballos, era simplemente un agrimensor del sotobosque, un descubridor de entornos. Veía poco la televisión, no frecuentaba las grandes superficies para ocupar sus fines de semana. Surcaba el territorio.

Mi abuelo llevaba una vida de pueblo. Una vida de pueblo en el campo de Le Dauphiné, como la vida de barrio que había en la ciudad.

Desde entonces, la llamada al «movimiento» ha recorrido un largo camino. Los discursos en boga claman sin cesar las virtudes de la desterritorialización y del cambio permanente. El turismo vierte sus flujos en el frenesí de la movilidad que antes tuvo falsos aires emancipadores (las vacaciones pagadas, como tantos otros avances sociales, también contribuyeron a volver el capitalismo aceptable adaptando sus condiciones). El individuo hipermoderno es, si vislumbramos su representación ideal típica, un desarraigado, un «nómada» sin territorio, tecnológicamente conectado y afectivamente solo. Una entidad intercambiable y errática de composición borrosa, ambulante tanto por insatisfacción y obligación como por deseo.

¡Han nacido los nuevos nómadas! Haciendo del viaje su morada, eligen el desarraigo y rechazan el sedentarismo: “Un modo de vida que se une al cambio y al movimiento para abrirse al encuentro día tras día”.

Este retrato del “nómada” en la versión de Nature et Découverte resulta elocuente. Refleja la generalización de un vademécum aplicable a muchos registros de lo cotidiano.

La retórica de la elección de vida esconde hasta qué punto los “cambios” y el “movimiento” en realidad son dictados por normas difusas. Su carácter obligatorio es suavizado por el recurso habitual a la ética del encuentro y del respeto a la naturaleza, que aparece ella misma marcada —si bien de manera un poco interesada— por el placer que constituye disfrutar en un bello decorado. En este lugar, donde proliferan los nómada-bobos, la «naturaleza» ha sido transformada en algo tan artificial que aparece disfrazada de comercio (¿o a la inversa?), donde se supone que cada objeto contribuye al aprovisionamiento del cliente-nómada que deambula por el camino de «lo esencial». El turista termina siempre donde comenzó: pasando por caja. Como siempre puede pagar, se cree libre de ir y venir a su antojo, sin limitaciones aparentes.

En la sociedad capitalista, estar “emancipado” termina equivaliendo a vivir como un turista allá donde se va, como un flâneur sin responsabilidad movido por una personalidad flotante, caprichosa e impulsiva. El turista es el arquetipo de individuo moderno “liberal”, la versión del tecno-nómada profesional en su tiempo libre.

Liberado de la tradición y del sentido de la solidaridad local, herencia juzgada opresiva por no ser el resultado de una elección individual, el individuo narcisista de la modernidad se ha transformado en un átomo sin hogar cuyas relaciones se sitúan, lo quiera o no, en un contexto comercial que parasita la esfera del tiempo libre y la esfera profesional. En este plano donde la ilusión del libre albedrío prima sobre su realidad efectiva, resulta más fácil a un temperamento hipermoderno dejarse conmover por la pobreza en la otra punta del planeta, que tiene pocas consecuencias en su vida cotidiana, que por los problemas de su vecino de enfrente. Éste podría perturbar la tranquilidad e independencia de aquél, y los dos están obnubilados por la búsqueda de una felicidad privada que los aísla, al tiempo que ese aislamiento nutre su malestar.

Así, el turismo ofrece su gama de destinos a todo aquel que quiera gestionar la geografía de su entretenimiento en este inmenso centro comercial en el que se ha convertido el planeta. Aquellos que esperen curar su malestar a golpe de desarrollo personal y desquitarse a costa de adquirir bienes, en algunos casos sostenibles o de comercio justo, preferirán cambiar de entorno por un tiempo en vez de actuar de manera sostenible en el lugar donde viven. Podemos experimentar la compasión durante nuestras vacaciones en Camboya y comportarnos como verdaderos cretinos en el terreno de nuestra vida cotidiana. La contradicción es sólo aparente para el individuo que cree ejercer su libertad y llevar una vida «como él la siente», a ser posible residiendo del lado que está a salvo del dolor.

El ámbito de la proximidad, que demasiado a menudo comporta deberes indeseados, es abandonado por el turista con la confusa esperanza de encontrar en otra parte lo que le falta aquí: el placer de llevar una existencia convivencial en un territorio rebosante de sentido y de vitalidad.

Sin embargo, saber quedarse en casa para explorar y crear, a una escala vecinal considerada en toda su diversidad, las huellas de una vida cotidiana alegre y llevadera representa un acto verdaderamente popular. Acto popular no porque contribuya a la buena reputación de quien lo realiza, sino porque permite reanudar relaciones humanas con un sentido auténtico: dar, recibir, devolver. En definitiva, se trata de cooperar y de infundir hospitalidad en nuestro entorno más cercano con el fin de crear espacios donde sea agradable vivir y donde no sólo busquemos estar de paso. Esta es la vía para la reterritorialización del tiempo libre que cambiaría la vida de forma concreta, sin declaraciones hipócritas ni buenos sentimientos cargados de exotismo.

Está claro que este tipo de consideraciones podrán parecer poco acordes a los cánones de un nivel alto de vida tal como los expresa la mitología publicitaria; la apología del movimiento es parte integrante del consumo de un mundo que la tecnología no cesa de volver más pequeño. Richard Branson, el playboy ultraliberal presidente y fundador de Virgin, quiere abrir el espacio al turismo. En sus primeros pasos, el business model es elitista en lo económico: ¿Acabará por extenderse a las masas? A fuerza de ampliar los horizontes, ¿terminará la hipermovilidad cerrando el mundo a cal y canto, aprisionándonos con el subterfugio de una compensación tecnológica en los espejismos de universos virtuales que han sustituido la geografía de una realidad desprovista ahora de hospitalidad? ¿Seguiremos hablando de realidad aumentada sin que nos asome una sonrisa a la cara? Son cuestiones que parece razonable plantearse.

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Cul de Sac es un colectivo editorial que en su revista Cul de Sac y su editorial Ediciones el Salmón tratan de poner en cuestión el mundo industrial y su inveterada fe en el progreso.

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