
La nieve que cubre el centro de congresos de Davos este enero de 2026 parece más escasa que en años anteriores, una metáfora visual que no escapó a la ironía de los presentes. Sin embargo, el frío en las relaciones internacionales ha sido el verdadero protagonista, hasta que Mark Carney, en su primera aparición en el Foro Económico Mundial (WEF) como Primer Ministro de Canadá, subió al estrado principal.
Lejos de su antigua retórica técnica como Gobernador del Banco de Inglaterra o del Banco de Canadá, Carney desplegó ayer una visión política contundente, fusionando su expertise financiera con una doctrina de liderazgo moral. En un discurso de 45 minutos que ya se perfila como la hoja de ruta para las democracias liberales del G7, el mandatario canadiense declaró el fin del «neoliberalismo automático» y abogó por lo que denominó una «Economía de Valores Concurrentes».
«No podemos seguir pretendiendo que los mercados, por sí solos, resolverán las fallas estructurales que ellos mismos ignoraron durante décadas. La mano invisible se ha vuelto artrítica ante la crisis climática», sentenció Carney ante un auditorio repleto de jefes de Estado y CEOs de las Big Tech.
Un nuevo contrato social y financiero
El eje central de la alocución de Carney fue la necesidad imperiosa de reformar la arquitectura financiera global. El Primer Ministro propuso la creación de un Estándar de Valoración de Activos Naturales, un mecanismo que obligaría a las corporaciones transnacionales a incluir el capital natural en sus balances contables, no como una nota al pie, sino como un pasivo o activo real.
«La descarbonización ya no es una opción filantrópica, es un imperativo de solvencia», afirmó, recuperando conceptos de su libro Value(s), pero ahora dotándolos de fuerza legislativa. Carney anunció que Canadá liderará un bloque de naciones para imponer aranceles agresivos a productos que no certifiquen una huella de carbono neutral verificable para 2030, una medida que causó un visible murmullo entre las delegaciones de potencias industriales emergentes.
En un mundo donde la automatización ha reconfigurado el mercado laboral en los últimos tres años, Carney evitó el ludismo, pero rechazó el optimismo ciego de Silicon Valley.
Propuso la implementación de un «Dividendo Digital Soberano», una tasa global aplicada a las ganancias extraordinarias derivadas de la automatización masiva, cuyos fondos se destinarían a reentrenar a la fuerza laboral desplazada. «La tecnología debe servir a la humanidad, no convertir a la ciudadanía en meros datos de entrenamiento para algoritmos propietarios», enfatizó, mirando directamente a los líderes tecnológicos sentados en la primera fila.
El retorno de Canadá a la geopolítica
Analistas internacionales coinciden en que este discurso marca el regreso de Canadá como un actor de peso en la mediación global, un rol que parecía desdibujado en la última década. Carney, con su perfil de tecnócrata convertido en estadista, se posicionó como el puente ideal entre el capital privado y la regulación pública.
No obstante, el discurso no estuvo exento de críticas. En los pasillos del centro de congresos, representantes del sector de combustibles fósiles calificaron las propuestas de Carney como «idealistas» y advirtieron sobre el riesgo de una inflación verde (greenflation) que podría golpear a las clases medias occidentales. Por otro lado, activistas climáticos, que protestaban a las afueras del recinto blindado, consideraron que, aunque el tono ha cambiado, las medidas siguen dependiendo demasiado de los mecanismos de mercado.
La tragedia del horizonte, revisitada
Para cerrar su intervención, Carney aludió a su famoso concepto de la «Tragedia del Horizonte», advirtiendo que el plazo para actuar se ha consumido. «En 2015 advertí que los riesgos catastróficos estaban más allá del ciclo económico tradicional. Hoy, en 2026, esos riesgos están aquí, en nuestras cosechas fallidas y en nuestras fronteras tensionadas por la migración climática».
El Primer Ministro canadiense dejó claro que su gobierno no buscará solo el crecimiento del PIB, sino el crecimiento del bienestar integral, desafiando a sus homólogos a abandonar métricas obsoletas del siglo XX.
Al bajar del estrado, el aplauso fue sostenido, pero reflexivo. Mark Carney ha lanzado un guante sobre la mesa de Davos: ha pedido a la élite global que elija entre reformar el sistema radicalmente o verlo colapsar bajo el peso de sus propias contradicciones. La respuesta de los mercados en los próximos días dirá si el mundo está listo para esta nueva doctrina canadiense.

