
Por Federico Polleri
Para Revista Ajo
“Una mañana, tras agitado sueño, Gregorio Samsa amaneció transformado en un insecto”. Así dice la primera línea de La metamorfosis de Franz Kafka. Cien años más acá, en el espacio que la cooperativa lavaca abrió en pleno centro porteño, el periodista Sergio Ciancaglini describe de manera similar lo ocurrido con los medios de comunicación en la década de los 90’: “Todos habían amanecido como una cucaracha rara y, en términos prácticos, las empresas periodísticas estaban dejando de serlo”.
Así, en la mañana posterior a la larga noche menemista, los medios amanecieron sin su forma humana. Ciancaglini fue testigo directo de esta mutación. Su experiencia es amplia: comenzó en La Razón, convocado por Jacobo Timerman; siguió en Página/12, como editor dominical; luego en Clarín, “cuando era un diario”, y más tarde en la revista Tres Puntos y en Nueva.
Saltó de la cama justo antes del amanecer. Un buen día del año 2001, junto a un puñado de periodistas, decidió iniciar su propia metamorfosis. Lo hicieron en sentido contrario: contagiados por la fiebre de la autogestión, conociendo la lucha de desocupados devenidos piqueteros y de obreros devenidos recuperadores de fábricas, fundaron una agencia de noticias sin patrón, luego una página web, más tarde una editorial, después una revista, de inmediato una cátedra de comunicación social, un programa de radio y hasta una librería-café-espacio de encuentro.
Su devenir bicho tenía nombre, pero esta vez no era un insecto: era una vaca.
–¿Por qué fundaron lavaca?
–Durante los 90’ las empresas periodísticas empezaron a ser la pata menor de otro tipo de negocios. Se iban achicando los espacios en los cuales trabajar. Lo primero fue hacer una agencia de noticias por mail. Después descubrimos la facilidad que nos daba internet para montar un medio propio. Lo que antes significaba conseguirse un socio capitalista o resignarse a ser un asalariado de la empresa que te tome, se convirtió en la posibilidad de hacer algo nuestro. En lugar de ese concepto más individualizado del “freelance”, dijimos: podemos hacer un proyecto diferente, colectivo, grupal, que es más interesante que estar solo.
A los 31 años, por la cobertura del juicio a la Junta Militar (que compiló junto a Martín Granovsky, en el libro “Crónicas del apocalipsis”), le otorgaron el premio internacional Efe de Periodismo Rey de España 1986. El segundo llegó tres años después, por la cobertura –junto a su compañera, la periodista Claudia Acuña– de los saqueos en el marco de la crisis final del gobierno de Alfonsín. Ahora tiene 58 años, está sentado tomando un café que le sirvió uno de sus compañeros de la cooperativa, y comienza el intercambio con una reflexión sobre su salida de los medios tradicionales: “La sensación que a uno le queda es que los márgenes se habían reducido notablemente y se dio lo que nosotros llamamos en un libro: ‘el fin del periodismo y otras buenas noticias‘. En términos prácticos, se hacía muy difícil trabajar en lugares que estaban cada vez más condicionados por las operaciones políticas o por cuestiones económicas”.
Dijo chau, que a esa hora de la mañana era también decir: buen día.
La mediamorfosis
–Tenés mucha experiencia en medios tradicionales. ¿Qué cosas aprendiste cuando los dejaste?
–Unas de las cuestiones fue la de no seguir agenda. Tratar de entender qué cuestiones están ocurriendo y pueden estar representando algo diferente. El periodista asalariado, en cierta medida, está condicionado por determinadas agendas y cosas de las que se habla. La etapa nueva, un poco lo que me hizo ver, es que todo lo interesante está en lo que no se habla.
–¿Por ejemplo?
–Para cuando Rodolfo Walsh se metió en José León Suárez a investigar esto de “el fusilado que vive”, se metió en algo de lo que nadie hablaba. No era ninguna noticia de nada, pero ahí estaba lo que terminó siendo una obra maestra de la investigación periodística. Y la realidad es que no salió en ningún medio. Paradójicamente, salió sólo en revistas independientes.
En plena dictadura, Walsh creó una agencia clandestina que hacía lo que en aquel entonces se denominaba “contrainformación”. Más tarde, a los medios que comunicaban desde otra agenda se los llamó “alternativos”. Sin embargo, a Ciancaglini y a sus compañeros nunca les gustó el mote. “Son cuestiones de palabras. Respeto muchísimo a los medios que se dicen alternativos. A mí me pasa que yo no los considero alternativos”.
–¿Por qué no?
–El equipo alternativo de River es el suplente. A mí la palabra me remite a un plan B. Que frente a los grandes medios, los medios “centrales”, hay “alternativos”, que van por el costado. Además, yo discuto que aquellos sean grandes medios. Todos repetimos como loros estúpidos que “los grandes medios” tal cosa. Y no es así, son diarios cada vez más chicos, que cada vez lee menos gente. Paralelamente, hay un proceso de pluralización de las voces. Internet sería un ejemplo de esto, que nazca Ajo es un ejemplo de esto. Hace unos años una revista así era impensable, ahora es pensable; eso marca una diferencia. Entonces, yo digo: ese tipo de medios, y se nota clarísimo con las radios comunitarias, no son un plan B, no son alternativos a nada, son medios centrales, son muy importantes. Me parece que es como atacar la importancia que pueden tener. Por eso yo hago la broma: ¿No será que Clarín es un medio contrainformativo o que La Nación es un diario zonal y marginal?
Ciancaglini estira una mano como quien pone un freno y aclara: “Igual, no me voy a pelear con nadie por esto”.
–¿Y cómo prefieren llamarse?
–A mí me gustaba usar: medios sociales de comunicación.
El fin del periodismo
En 2011, el semiólogo, historiador de la cultura y periodista, Ignacio Ramonet, publicó un libro con un título que de sutil tuvo poco: “La explosión del periodismo”. En él describe cómo internet, la revolución digital y las redes sociales pusieron en jaque a los medios tradicionales. Algo como decir que la biblioteca del viejo periodismo se había prendido fuego y estábamos obligados a repensar todo de nuevo. Cuando todo quiere decir: todo.
–¿Quiénes van a sobrevivir a la explosión del viejo periodismo?
–En realidad no lo sé. La lógica diría que van a sobrevivir los que mejor logren sintonizar con la época que están viviendo. Los que mejor logren tener los pies en los lugares en donde estén ocurriendo cosas, que logren tener agilidad para entender los nuevos fenómenos, corazón para entenderlos -porque no se entiende sólo con la cabeza- y, a la vez, los que logren resolver bien cuestiones tan importantes como la gestión, una cosa siempre omitida pero que hay que aprender. Son muchos elementos y modos, no es fácil saber cuáles subsistirán. Incluso no importan mucho los soportes, pueden estar en revista de papel, en internet, puede ser una radio, video, eso es lo de menos.
“El futuro de los medios está en la calidad. Esa debe ser nuestra obsesión”, dicen integrantes de lavaca cuando se calzan el traje de docentes. Es que desde hace diez años organizan seminarios en la Cátedra Autónoma de Comunicación Social. Primero fue el Diplomado en Gestión de Medios de Comunicación y Cultura, luego el Diplomado Dr. Andrés Carrasco en Periodismo y Comunicación Ambiental. Allí se realizan especializaciones para periodistas en ejercicio o en crisis con el oficio. Este año, por ejemplo, está cursando uno de los fotógrafos recientemente despedidos del diario Perfil. No pudo decidir abandonar los medios tradicionales: ellos lo abandonaron antes.
–Hay quienes están convencidos de que la crisis del periodismo es una crisis laboral. ¿Te parece correcta esta lectura?
–Para mí es un aspecto de la crisis, pero un aspecto pequeño. Hay varios problemas. Uno es que, al ocurrir lo que ocurrió durante la década menemista, se cerró la posibilidad de acceder al tipo de trabajo periodístico que uno valoraba. Esto es por la necesidad de las empresas de sostener operaciones políticas, políticas de extorsión, líneas editoriales que no pueden ni siquiera tener disonancias. En otras épocas se permitían disonancias: en La Nación escribía José Martí, por ejemplo. Eso se acabó. Antes los medios querían tener gente que pensara con cabeza propia, hasta en conflicto, porque eran los tipos que te traían algo bueno, algo nuevo. Al acabarse eso, el tipo de trabajo por el cual yo quería ser periodista no está más ahí.
–¿Y qué hay ahora?
–Un sistema de obediencia, de sostener la línea del diario. Vos hoy no podés pensar muy distinto que la línea de un medio porque te echan a los diez minutos. Un antikirchnerista en Tiempo Argentino no puede trabajar y un kirchnerista en La Nación, tampoco. Y no estoy opinando sobre dónde hay que ubicarse, lo que quiero decir es que una persona con ideas propias que no son compatibles con las del medio en que trabaja está en un problema.
–Sin embargo, siguen siendo esos los espacios de trabajo para los periodistas.
–Hoy los medios grandes tienen criaderos de periodistas, que son las maestrías que ellos mismos crearon para nutrirse de mano de obra. Ya no buscan reporteros en la calle, sino que los sacan de sus escuelas, en donde encima los tienen cinco años pagando. Es maravilloso… En este marco, el periodista que anda con problemas laborales la tiene muy complicada, porque tiene una camada de gente dócil que pagó y que ya trabaja ahí. Por supuesto que, como me han dicho mis compañeros y amigos de Clarín, son prácticamente iletrados estos tipos, pero entran a ocupar esos espacios. La otra cuestión es que se reducen los puestos de trabajo, por los temas de precarización y flexibilización laboral.
Para leer la entrevista completa: Revista Ajo