Abrir y cerrar el diario

Algunos recuerdos a raíz del fin de la edición en papel del Diario UNO de Mendoza

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Por Juan López*

1990: cierre del diario Mendoza Hoy. Mañana helada. Luego de varios días de toma de las instalaciones por parte del personal y con apoyo de los sindicatos de Prensa y Gráfico, la policía nos desalojó. Fueron, para mí, tres años –comencé en marzo de 1987– de trabajo como corrector, donde aprendí el oficio. Tuve maestros y maestras generosos y notables, como Carmen Páez, Gustavo González, Estela Castro y, el más capo, César Chaparro. Y compañeras y compañeros que también me enseñaron mucho: Rubén Gatica, Gabriel Espejo, Silvia Chaparro… Comencé también en ese diario mis primeros pasos como sindicalista: fui delegado gremial por el Sindicato de Prensa. Conocí la típica redacción de la época de las Olivetti y comenzó la transición de escribir y corregir en papel a hacerlo «en pantalla», cuando llegaron las primeras Mac. Fue la época cuando todavía la empresa no tenía preponderancia absoluta sobre la labor periodística, en esta pequeña aldea no global de los ochenta. Época pasada, no superada.

Gustavo Moro González y Juan López en la sección Corrección del diario, “posando” con el diario al revés, en 1988. Foto: Coqui Barroso.

1993: Apertura del diario UNO. Gracias a la recomendación de Andrés Gabrielli, en 1992 me llamaron para “armar” la sección corrección del futuro diario tabloide del grupo Vila que saldría a competirle al Los Andes de igual a igual y lo terminaría cuasi eclipsando. Llegamos a ser diez correctores, que cubríamos tres turnos de cinco horas. Recuerdo una intensa discusión con una periodista porque los correctores trabajábamos cinco y no siete horas, como los redactores. Le expliqué lo de la atención y el desgaste de leer en pantalla cinco horas… No escuchó, ya había tomado la decisión de pensar como pensaba. Llegué a decirle que era una “burra”, pero no a pronunciar, aunque por supuesto la pensé, esta palabra: carnera. Los animales siempre están a mano para adjetivos despectivos: sos un perro, un gato, un zorro, una serpiente… un animal.

Fue el diario UNO el que impuso la firma en las notas, una manera de comprometer al redactor y de descomprometerse como empresa. Un cebo que el ego periodístico comió sin que lo obligaran, feliz de ver el nombre propio estampado en papel. He visto muy malas plumas firmar con orgullo pésimos artículos. Y, por supuesto, he trabajado también con periodistas notables. He visto gente enamorada de su oficio, verdaderos reporteros de todas las layas, bohemios de la noticia y también, lamentablemente, mercenarios de la información. Esa mezcla cuasi milagrosa hace de una redacción un lugar incomparable. Sé que soy un afortunado por haber experimentado el vértigo del cierre de un diario, muchas pero muchas veces.

Gabriel Gabo Espejo, Juan López y Moro González, en la ventana trasera de Corrección del diario Mendoza Hoy, en 1988. Foto: Coqui Barroso.

Lo mejor del UNO fueron los cierres de fines de semana, que eran los cierres del suplemento Deportivo: largas noches con la redacción solitaria y los trasnochadores de Corrección y Deportes esperando los resultados: Gustavo De Marinis, Alejandro Parigi, Carmelo Sgroi, Fernando Montaña y toda la tropa de cronistas volantes. Me estoy olvidando de muchos y les pido disculpas. Guardo de esa época un recuerdo y afecto especial por tres personas que trabajaban en la sección vecina a Corrección, a la que le llamábamos Escáner (digitalización de imágenes): el Osiris Domínguez: podían pasar horas sin que pronunciara una palabra y cuando lo hacía era un gran consuelo saber que seguía con vida; lo contrario de su compañero Néstor Yesurón, un lenguaraz de aquellos. Y el Miguel Cerón, más equilibrado: ni silencioso como el Osiris ni ruidoso como el Néstor. También guardo muy entrañables recuerdos de los compañeros de Diagramación, Armado, Filmación, Fotomecánica, Rotativa, Expedición y Administración.

A mí y al subjefe de Corrección, Rubén Gatica, nos despidieron sin justa causa a fines de noviembre de 1998. Después del furor de los primeros años, cuando todo era éxito y ventas, promediando 1997 comenzaron los despidos, los recortes de sueldo, sí, recortes de sueldo… la famosa flexibilización laboral que el menemismo impulsa a mediados de 1996. El argumento de los empresarios suele ser el mismo: si no bajamos costos, tenemos que echar gente o, peor, cerrar. Suena familiar, ¿no? Mi actividad como miembro de la comisión directiva del Sindicato de Prensa me terminó eyectando, y lamentablemente arrastré en mi caída al Rubén. Con él y el Gabriel Espejo elaboramos el manual de estilo del diario UNO, entre otras tareas técnicas, eruditas y docentes para mejorar la redacción del diario. Antes, habían despedido a mi gran amigo Gustavo Verzbickis, con el mismo método.

Miles de anécdotas, muchas hermosas, muchas horrorosas, de esa época. Una intermedia, patética: en el buffet, que no era más que un par de máquinas de café y un dispensador de agua fría y caliente, me encuentro con Daniel Vila. Por ese entonces, en el suplemento joven (Zapping) y en Deportes se solía utilizar la palabra «menduco». Daniel, porque así le decíamos aunque no lo quisiéramos ni un poquito, Daniel me pidió, como al pasar pero en serio –nos encontramos azarosamente en ese lugar– que la palabra en cuestión no saliera más publicada en el diario. Sobre esa escena, escribí lo que sigue, que luego publiqué en un libro de poemas (Mirá, 2005), aunque estoy seguro de que no es ni de cerca un poema:

Odia

al director de un diario (no era precisamente un periodista)
se le ocurrió prohibir la palabra «menduco»
dijo que era despectiva y sonaba mal
le dijimos que sí porque no le podíamos decir que no
pero después nadie pudo cumplir con la orden
conclusión
el lenguaje
las órdenes
odia

Pienso que las personas muy poderosas económicamente suelen establecer vínculos que se definen por dos tipos excluyentes de actitudes hacia ellas: una mezcla de odio y miedo, que es fundada y, en principio, gratuita, pero puede volverse muy costosa, dado el poder de quien por eso denominamos «poderoso», o la obsecuencia, que nunca es gratuita y, según el grado, puede ser muy bien, bien, regular, mal o muy mal paga. Gané el juicio laboral, muchos años después, y cobré la cuarta parte que reclamaba, gracias a los muy buenos abogados del grupo, que figuran, como se imaginarán, en el grupo de la obsecuencia remunerada.

Unos días después de que nos despidieran, en la edición del miércoles 9 de diciembre de 1998, el título principal de tapa del diario UNO decía: “Eliminan el décifit del Presupuesto local del ’99″.

1999: A un mes de despedido del UNO, conseguí trabajo en Prensa del gobierno de Mendoza, específicamente en el Ministerio de Hacienda, gracias al entrañable Daniel Pelado Bibiloni. Aprendí lo que se llama comunicación institucional haciendo prensa en Hacienda (perdón el ataque de jorgesosismo). Esto, gracias a funcionarios que no les tenían miedo a sus asesores de prensa y nos dejaban participar en reuniones de gabinete ministerial: si no entendés de números, ¿cómo los va a comunicar bien? Ingresé en el despreciado gremio de los periodistas institucionales, que son mirados en menos por los periodistas de los medios… otra tara de la jungla informativa. Hice y tengo también muchos y grandes amigos y amigas. Y sigo completando las «Recomendaciones de redacción para informes de prensa oficiales», que comencé a elaborar hace más de veinte años. Fui «saltando» de prensa de Hacienda a prensa de la Gobernación según el gobierno. Entré a trabajar a la Administración Pública con el ritmo de la empresa privada. Me comía la cancha –no conocía el trabajo pero le ponía actitud– y por eso ligué un cargo de planta al poco tiempo de trabajar con un contrato de locación. Me enseñaron mucho el Raúl y el Sergio Silanes. Y el Pelado Bibiloni, obviamente. Hice muy buenos amigos, excelentes comunicadores institucionales, a los que además les saqué vampíricamente el jugo. Cómo no mencionar a Sandra Pizarro y René Puig.

2000: Semanario El Sol, «El Sol Investiga». Nos vuelven a convocar a echados de otros diarios y otras épocas, a no echados que aprovecharon y se fueron del UNO, para «hacer» un semanario de investigación: redactores, diseñadores, fotógrafos, editores de imágenes… Fue una preciosa época, trabajar no para el día a día sino para un ejemplar por semana: «el viernes sale El Sol» era la frase promocional. Yo era el único corrector. Cuando se transformó en diario, se incorporaron Rubén Gatica y dos correctores «nuevos»: Federico Robert y Alejandro Frias (así, sin tilde). El director periodístico fue el Carlos Perlino: aprendí mucho de él y conocí su lado más irónico y cuasi tanguero. Fue muy generoso, tiempo después, al salir de testigo en mi juicio contra el grupo Vila. Recuerdo que dijo ante el tribunal que la cooperativa Servigraf –ese engendro que inventó el grupo para no pagar aportes laborales ni encuadrarse en la ley 12908 (Estatuto del Periodista Profesional)– era una “chastrinada”.

En la época del semanario, recuerdo que en un cierre, que eran los jueves a la tarde-noche, tiré las notas de tapa a la papelera de mi computadora y desaparecieron. Estaban ya corregidas y editadas. Algo así como cuatro artículos que sumaban, calculo, 5.000 o 6.000 palabras. Las había escrito el Marcelo Torrez, que en vez de putearme, me dijo: “qué le vamos a hacer, Juancito, son cosas que pasan, escribo todo de nuevo”. Esas conductas promovía un ambiente de trabajo cuasi feliz, más allá de la honorable y profesional actitud del Marcelo. Fue el principio. Después, como siempre pasa: periódico que crece es periódico en el que se precarizan las relaciones laborales, se recortan derechos, se asfixia a los empleados… Y otra vez la letanía: si no bajamos los sueldos, tenemos que cerrar…

Los empresarios de medios son todos iguales, pertenezcan al grupo o a la empresa que sea. Quieren éxito y lo obtienen a costa de los trabajadores. Es mentira que arriesgan: siempre van sobre seguro. Están entrenados para abrir el paraguas para ellos solos antes de que caiga la tormenta, y no te avisan que abras el tuyo porque si te avisan hacés quilombo, les querés por ahí arrebatar el paraguas y eso no está bien. Lo hemos visto, lo hemos vivido. Nadie nos lo contó. Cerró finalmente el semanario y se convirtió en diario. Renuncié antes de que me echaran luego de sancionarme porque me comí una quiniela: salió repetida y me dieron dos días de suspensión. Chau periodismo, chau trabajar todos los días con francos rotativos. Chau bohemia de los cierres, chau felicidad de esclavo. Chau, entrañables compañeros de la redacción, qué manera de laburar, de emocionarnos y también de reírnos. Para El Sol también elaboré un manual de estilo. Y aprendí tantas cosas de mis compañeros.

Por esos años, tuve un paso fugaz por la sección Corrección de Los Andes. Buenos correctores, buenos compañeros. Toda la redacción muy atildada, muy, cómo decirlo, prolija. No hay mucho para recordar porque duré dos meses: prometieron cargo de planta y luego se retractaron, cosas de la engaña pichanga constante de los empresarios. Sí recuerdo un par de encontronazos con un secretario de redacción un tanto despótico y muy creído, un salame importante pero con buen olfato periodístico aunque con un ego que corrompía sus virtudes y, sospecho, no le ganaba muchos amigos. Hay un lugar común muy extendido de que para ser buen jefe tenés que ser malo o muy malo, exigente, jodido. Bueno, este tipo es un buen ejemplo. Yo pienso lo contrario, es decir, que la gente supuestamente muy exigente es también muy insegura y actúa muy bien su papel, porque sin ese rol, prácticamente pierde su identidad, aunque sea una identidad trucha. Con los años, se va perfeccionando el disfraz y ya no te lo podés quitar.

En tanto tiempo en redacciones, aprendí mucho de muchas personas. Hice grandes amigos y más que amigos. Trabajé bastante, suficiente. Experimenté en carne propia la fricción de nuestros cuerpos vulnerables contra la dura materia de las empresas. Escribí mucho también, vi mucha gente escribir, equivocarse, acertar, persistir. Por un lado, me da pena que cierre el UNO en papel, por lo que significa para alguna gente que recuerdo y quiero mucho. Por otro lado, siento una suerte de alivio, porque se termina una manera no feliz de hacer periodismo, esta de las últimas décadas, de redacciones rehenes de las decisiones empresariales que, obviamente, tendrá continuidad, pero esta vez sin papel. ¿Qué harán con la rotativa?, me pregunto. Buen tema para una nota post mortem. Por la plata baila el mono y escribe quien escribe. Por esto, creo, nunca me quise «hacer» periodista: me cansé de ver a personas escribir cosas que no querían escribir. Preferí ponerme al servicio de la buena escritura periodística, y ser un ignoto corrector más, que somos muchos y nos hace felices desfazer entuertos lingüísticos. Y sobre todo porque, para mí, escribir es escribir lo que se me da la gana. Fue mi elección, y tengo claro que si no existieran periodistas, autores, escritores, tampoco harían falta correctores: estamos al servicio de otros servidores, los periodistas. Me saco el sombrero por el oficio periodístico y más aún por los fotógrafos periodísticos, creo que ellos resumen bien lo mejor del periodismo: arte, pasión, conocimiento, capacidad de laburo y curiosidad fundidas en la misma actividad.

Hace unos años, trabajo también en una universidad. Aprovecho para agregar: respeto, así en general  –porque si no generalizamos no podemos entendernos– mucho más a la tribu periodística que a la académica. No pertenezco estrictamente a ninguna pero les conozco los secretos, las mañas, las virtudes y las miserias.

De traiciones y atropellos específicos no sé si alguna vez escribiré. Hay cosas que hay que llevarse a la tumba, sobre todo para evitarles el disfrute a quienes fueron o están siendo nuestros victimarios. Y de errores, los propios, bueno, cometí y se me pasaron muchos, personales y profesionales. Me han dicho en la cara lo que soy y no he podido negar nada.

Del plomo al offset, de la trabajosa artesanía a lo digital, del papel a la pantalla. Del periodismo primigenio, casi ideal, a los vendedores e inventores de noticias y sus escribientes, locutores y animadores.

En fin, abrir y cerrar diarios, cuando los leemos y cuando los levantamos y sostenemos, y cuando vemos cómo los hacen caer, no vaya a ser que dejen de ganar un poco de todo lo que ganan. Hay bolsillos que una vez que se llenan, jamás se vacían.

*El autor escribió este texto para el sitio juanlopeztextos.com.ar y lo cedió a EXPLÍCITO para su publicación. Las fotos también fueron cedidas a este portal por López. 

Vila y Manzano cierran la edición en papel del diario Uno de Mendoza antes de fin de año

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