Entrá si querés, salí hecho un trapo: el peor hotel del mundo está en Amsterdam

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El Hans Brinker Budget, en Amsterdam, te ofrece pasar la peor estadía de tu vida. Una foto de promoción: un pasajero antes y después del pasar por el hotel.

El Hotel Hans Brinker Budget, de la Ciudad de Ámsterdam (Países Bajos) aconseja usar sus cortinas antes que sus toallas, advierte que poca agua saldrá de sus canillas y que pueden contraerse infecciones. Parece ridículo, pero eso puede leerse en el sitio web del “peor hotel del mundo”. “Estamos orgullosos de habernos pasado 40 años defraudando a los viajeros”, afirma la original estrategia de venta que utilizaron los dueños de este desvencijado hotel.

La idea no es única en el mundo, pero al parecer está funcionando: las suscripciones por internet están llenando las 127 habitaciones y los comentarios empiezan a llegar, algunos de ellos, en tono “crítico”: “No hace honor a su reputación, no fue tan malo como esperaba”, se queja un turista australiano. Sin embargo, hace foco en algo que le pareció coherente: “El baño era atroz”.

Se trata de un hospedaje con todo el encanto de un correccional para delincuentes juveniles. Los cuartos simulan celdas de prisión y permanecen sucios. Colchones delgados, armarios metálicos, paredes despintadas y cuartos sin ventanas. Todo esto y mucho más hacen del albergue Hans Brinker Budget el peor lugar para pasar las vacaciones.

Eco friendly, para no decir sucio

El Hans Brinker Hotel tiene una tradición “Eco friendly” que respeta a rajatabla e incluye: poco volumen de agua, nula limpieza sanitaria y un servicio de lavado que deviene en que -si alguien osara tomar una ducha- sea más higiénico utilizar las cortinas de la habitación para secarse que las toallas provistas por el establecimiento.

El hacinamiento que se vive en las habitaciones (una noche cuesta entre 22,5 y 53,5 euros) es otra de las características que generan repercusión: “Las piezas eran como las celdas de una prisión, con camas viejas y ruidosas, además de unos armarios de metal que no se podían cerrar bien”, describe un pasajero, reconociendo la sinceridad de la oferta del Hans Brinker en la web.

“Los clientes adoran nuestro sarcasmo”

Para evitar quejas, este hotel admite que no solo es barato, sino también “sucio, frío y mal iluminado”. Y en lugar de colgar halagos de sus clientes, tiene en su página algunas quejas tan hilarantes como seguramente falsas: “Es barato, pero tanto. Una estación de autobuses ofrece las mismas condiciones“; “Me desperté con la sensación de que alguien había entrado en mi habitación“.

La mayoría de sus clientes son jóvenes, estudiantes y mochileros que no tienen grandes ambiciones a cambio de los 22 euros que pagan por noche. “Ellos adoran nuestro humor, nuestro sarcasmo”, se entusiasma el gerente del lugar, Timjen Receveur. “Además han reducido sus expectativas a menos que nada”, explica.

En muchas experiencias, la impresión que generan es tan positiva que termina siendo una experiencia menos masoquista que la que esperaban tener los viajeros. Algo lógico si tenemos en cuenta los slogans con los que se promociona el Hans Brinker: “Mejore su sistema inmunológico”, “Pague por una cama no querrá usar”, o “Somos los mejores en ignorar sus quejas”.

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