Abogados del diablo contra la canonización de Teresa de Calcuta

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Tiempo estimado de lectura: 6 minutos

teresa
Por Israel Oliveras Horta.

Por Luis Matías López
Para Público.es

No se trata de negar a la Iglesia Católica el derecho a canonizar a Teresa de Calcuta, o de pretender que la esclava de los pobres, fundadora de las Misioneras de la Caridad y Premio Nobel de la Paz, no atesorase los méritos que el Vaticano, que es quien dicta las normas, exige para elevar a alguien a los altares. El objetivo de este artículo es tan solo huir de la hagiografía y recoger algunas opiniones deabogados del diablo externos a la institución que equilibran el retrato de un personaje convertido en icono universal.

Todo apunto a que la decisión estaba tomada antes incluso de que se abriera el proceso, al rebufo de un clamor popular que, para los creyentes, hizo santa ya en vida a la madre Teresa y que, incluso para muchos no creyentes, la convirtió en una figura respetada y admirada. Sus méritos –polémicas aparte- contrastan con los de otros santos, como los que se mostraron más fervorosos con la espada que con la bandera de la cruz que enarbolaban, o que sufrieron el martirio en defensa de su fe porque el fanatismo asesino les pilló en el momento equivocado en el lugar equivocado.

La santidad oficial es, además, un concepto un tanto devaluado por el hecho de que se concede últimamente con una facilidad pasmosa. Hay más de 10.000 beatos y santos, a un ritmo de proclamación muy lento en los primeros siglos, pero con una inusitada y reciente aceleración: 2.000 en el cuarto de siglo en que Juan Pablo II ocupó la silla de Pedro.

Los requisitos actuales incluyen la reducción de los milagros demostrados a un mínimo de dos, incluso excepcionalmente de uno, como ha ocurrido ya en el pontificado de Francisco en el caso de Juan XXIII. A Wojtila se le reconocieron dos, de los que se beneficiaron una monja francesa enferma de Parkinson y una mujer costarricense que sufría un aneurisma cerebral. Ambas curaron “milagrosamente” de la noche a la mañana.

En el caso de Teresa de Calcuta, las intenciones del Vaticano quedaron meridianamente claras cuando el proceso de beatificación se abrió 1999, dos años después de su muerte, y no los cinco establecidos en el derecho canónico. Otra excepción. A este paso habrá que cambiar la regla. La ceremonia de proclamación reunió en Roma el 19 de octubre de 2002 a centenares de miles de fieles llegados de todo el mundo. Para la canonización –se maneja como más probable la fecha del próximo 4 de septiembre- la afluencia puede ser aún más multitudinaria, a tono con el entierro en la capital bengalí en 1997, sin parangón desde el funeral de Gandhi.

Los dos supuestos milagros atribuidos y reconocidos a la madre Teresa son los siguientes.

El primero (que dio vía libre a la beatificación) ocurrió en 1998 y la beneficiaria fue una bengalí desahuciada como consecuencia de un gravísimo e “irreversible” tumor abdominal, y acogida para su buen morir por las misioneras de la Caridad de Roma. La curación se produjo tras infinidad de plegarias advocando a la madre Teresa y la colocación de una estampa de ésta sobre el cuerpo de la enferma.

El segundo (que permite la canonización) ocurrió en 2008 en Brasil y el papa Francisco acaba de certificarlo como una “curación extraordinaria”. La experimentó en 2008 un brasileño con una infección cerebral que le causó múltiples abscesos que le llevaron al coma y a ser desahuciado. Para la Congregación para la Causa de los Santos, que instruye estas causas, fueron las oraciones elevadas durante meses por su mujer y su párroco, encomendándose a la monja albanesa, las que propiciaron la curación milagrosa, con el colofón de que, pese a ser estéril, el paciente engendró luego dos hijos.

Los creyentes los aceptarán como milagros incontestables. Lo dice la Iglesia, así que no hay nada que discutir. Los que no lo son están, sin embargo, también en su derecho de mostrarse escépticos y recordar que casos similares, curaciones para las que los médicos no encuentran explicación –lo que no significa que no la tengan-, ocurren cada año por decenas, si no por centenares o millares, sin que Dios, caso de que exista, tenga aparentemente nada que ver en ello. Eso no significa que los católicos no tengan motivos más sólidos que en muchos otros casos para venerar a quien dedicó su vida a hacer más digna la muerte de los parias entre los parias, lo que la ha convertido en signo de altruismo o santidad, trasladado al lenguaje cotidiano con frases como “Fulanito no es precisamente la madre Teresa”.

Sin embargo, aunque en el Vaticano no haya habido fiscales con vocación real de serlos, no han faltado fuera de la Iglesia. El acta de acusación de estos extraoficiales abogados del diablo suele coincidir en estos puntos: la madre Teresa se ocupó mucho de la muerte y poco de la vida de los pobres a los que se acogía en los centros de la orden (616 en 123 países cuando falleció); su objetivo primordial, por encima de cualquier otro, era la conversión al catolicismo de los enfermos, incluso en su fase terminal; su radical oposición al aborto y los métodos anticonceptivos (en línea con la doctrina oficial y los sectores más conservadores de la Iglesia) despreciaba las condiciones objetivas que sobre todo en la India propiciaban la superpoblación y la miseria extrema; y, con tal de obtener distinciones y donaciones estaba demasiado cerca de los poderosos y confluía incluso con dictadores como el haitiano Jean-Claude Duvalier, millonarios convictos o bajo sospecha como el norteamericano Charles Keating y el británico Robert Maxwell, por no hablar de gentuza como el italiano Licio Gelli, cabeza de la logia masónica Propaganda 2.

El escritor y ensayista británico Christopher Hitchens presentó su detallado alegato en un libro que ha quedado como referencia para los críticos de la religiosa albanesa: La posición del misionero. La madre Teresa en la teoría y en la práctica. Hitchens –ateo confeso y militante, lo que no tiene por qué descalificar su alegato- y el conocido periodista británico de origen paquistaní Tarik Alí habían producido ya antes, en 1994, un documental, El ángel del infierno, en el que se presentaba a la religiosa como una “aliada del status quo” dedicada al “culto de la muerte y el sufrimiento”.

La crítica a las condiciones de los centros de la orden llegaron incluso a la prestigiosa revista científica The Lancet, que publicó en 1994 un detallado estudio en el que cuestionaba tanto la atención médica prestada a los enfermos como la gestión opaca de las donaciones, los cuestionables contactos políticos y un proselitismo que incluía bautismos a moribundos. Gran parte de estos datos proceden de un artículo de The Washington Post.

Más recientemente, en un libro imprescindible para el conocimiento del principal problema al que aún se enfrenta el mundo, y ya reseñado en Público, Martín Caparrós disparaba al corazón del proyecto global de la madre Teresa. El prestigioso periodista y escritor argentino calificaba el “moritorio” de las misioneras de la Caridad de “exageración del modelo de beneficencia clásica católica” y censuraba la idea de la religiosa de que “el sufrimiento de los pobres es un don de Dios” y de que “hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufriendo con la pasión de Jesucristo” porque, además, “el mundo gana con su sufrimiento”.

Recuerda Caparrós que, aprovechando que los santos tienen bula para decir lo que quieran y donde quieran, la madre Teresa aprovechó ese privilegio para proclamar cuando recibió el premio Nobel que “el aborto es la principal amenaza para la paz mundial”. Una vez consagrada como “la Buena Universal”, la religiosa vendió globalmente la idea de que hay que prepararse para la otra vida siendo mansos, sumisos y resignados en ésta, es decir, sin plantar cara a los poderosos responsables de la desigualdad y la pobreza extrema. Por eso no dudó a la hora de aceptar una Legión de Honor de manos del haitiano Baby Doc , del que dijo que “amaba a los pobres y era adorado por ellos”. Y, como se guiaba por el principio de que morir bien es preferible a vivir bien, fundó centenares de conventos en todo el mundo a imagen del moritorio inicial, pero “nunca puso una clínica en Calcuta”.

Esta otra imagen menos hagiográfica de la madre Teresa no es en absoluto incompatible con los criterios que ha venido aplicando la Iglesia para determinar si alguien merece ser proclamado santo. En ocasiones –como en la condenas del aborto o el hecho de condicionar la existencia en este mundo a labrar el futuro eterno en el cielo- porque se ajusta de forma estricta a la doctrina oficial. Y en otras, porque no se aleja de la práctica seguida durante siglos por la Iglesia, siempre más cercana a los poderosos que a los pobres, y a mantener en consecuencia un estado de cosas que consagra la desigualdad y la injusticia.

Que cada cual se quede con la madre Teresa que mejor le cuadre, pero el retrato real debería trazarse, con distanciamiento objetivo, con rasgos de las dos versiones, en tantos puntos contrapuestas.

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