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A partir de la histórica despedida al Indio Solari, Diego Genoud analiza el profundo mensaje detrás de la movilización popular. La presencia de más de un millón de personas en las calles evidenció la fuerza de una mayoría invisibilizada y excluida del sistema. Frente a una dirigencia distante y en pleno gobierno de Javier Milei, esta irrupción plebeya plantea un desafío urgente: cómo transformar esa enorme «comunidad afectiva» en una verdadera representación política.
Editorial textual:
La noticia más importante de la semana —por lo menos para mí, y que por mucho tiempo va a ser una de las noticias más importantes— es lo que generó la muerte del Indio Solari. Convocó a más de un millón de personas en Villa Domínico, pero también a miles de personas en Plaza de Mayo desde que se conoció la muerte del líder de Los Redondos hace algunas horas, el viernes pasado.
Además, convocó a miles de personas en distintas plazas de todo el país. Y, claro, es la irrupción más importante en mucho tiempo de sectores muchas veces invisibilizados; sectores que, bueno, lo vimos en las imágenes y en los testimonios, coparon alrededor de 80 cuadras en Villa Domínico.
Convirtió en poesía la vida de los sectores populares
Fue el líder del rock nacional que, durante las últimas cuatro o cinco décadas, marcó a varias generaciones. El que, además, primero convirtió en poesía la vida de los sectores populares y después les devolvió esa poesía a esos mismos sectores en forma de canciones, que acompañaron durante muchísimo tiempo a familias, a amigos, a distintas generaciones, a parejas.
Bueno, todo eso explica, en parte, lo que vimos en las calles de toda la Argentina, pero especialmente en Avellaneda la semana pasada, y el domingo en especial. Y claro, hay una pregunta inevitable que está muy lejos de la dirigencia política, una pregunta inevitable para la política que a veces aparece muy lejos de esas mayorías. Incluso, uno podría decir que para todo el sistema político y económico que toma las decisiones en la Argentina, es una irrupción incómoda la que vimos el fin de semana en las calles.
Un líder, un músico que vio una riqueza en esas mayorías invisibilizadas, en los convidados de piedra, los ninguneados que están afuera de la discusión política y que muchas veces aparecen lejos de la toma de decisiones. Son mayorías que, por lo menos para el «círculo rojo», están pintadas: van a votar cada dos o cuatro años, pero no inciden en el rumbo de la Argentina. Toda esa gente que apareció en las calles, en gran medida, está afuera del sistema. No solo del sistema político; son personas que están afuera del sistema económico, y no desde que llegó Milei a la Casa Rosada, sino incluso desde mucho antes.
Por eso la irrupción de tanta gente, tanta gente que se convocó a un funeral pero que también vivió una fiesta en las calles de todo el país, especialmente en Avellaneda. Es excepcional la aparición de esas multitudes, de esas mayorías plebeyas; tanto que hasta algunos comunicadores que acompañan al gobierno de Milei tomaron nota de que ahí había pueblo.
Con los Menem otra vez en el poder
Bueno, una palabra que está borrada de la discusión política, como si el pueblo solo tuviera que remitirse a votar en algún momento para convalidar a un gobierno y replegarse en la pasividad. Se convocan a partir de la muerte del Indio Solari, justo cuando vivimos otra vez un revival menemista. Los Menem, otra vez en el poder.
Veía una imagen de la revista Noticias: siete Menem, un álbum de familia, que acompañan al gobierno de Milei justo en ese contexto; en un contexto donde vuelve a haber precariedad, vuelve a haber destrucción de empleo y le vuelve a faltar la plata a mucha gente. Circularon infinidad de imágenes, textos —siguen circulando— y videos.
Voy a rescatar dos de esos testimonios o escritos que me parece que sirven para pensar este momento. Porque, si bien es cierto que todo es intenso y fugaz, que pasan permanentemente los temas con los que nos agotamos y cansamos, y que un día estamos hablando de una cosa y al día siguiente de otra; que aparezca un millón de personas en la calle cuando muy pocos lo preveíamos habla de una orfandad muy grande de sectores populares que están afuera del sistema económico y que muchas veces son negados por la dirigencia política.
Leí una carta de lectores del diario La Nación que circuló en las redes sociales, la escribió José Félix Gutiérrez Arana. Una carta de lectores breve, que se titula «Abrir los ojos». Gutiérrez Arana dice:
«Hay algo que no estoy viendo ni oyendo en serio. Me hace acordar a lo que pasó con la irrupción de Perón. Estaba distraído, como la generación del 40 estuvo distraída cuando apareció Perón. Hay algo más. No es solo rock and roll. Hay algo más y lo están gritando. Muchos jóvenes, demasiados jóvenes. Los políticos deben abrir bien los ojos».
El intelectual orgánico de la sensibilidad popular
Y otro texto que me pareció muy bueno es de Pedro Caces Camarero. Afirma que el Indio no produjo un programa, produjo una comunidad afectiva, una experiencia afectiva común. Fue el intelectual orgánico de la sensibilidad popular, expresó sentimientos que millones reconocían como propios. Y, cuando muchos dicen que «eso no se puede traducir en política», la pregunta que se hace Caces es cómo se vincula la sensibilidad social que vimos en las calles con la representación política.
Bueno, mientras la política produce programas, el pueblo y las multitudes producen subjetividades. La tarea es comprender esas nuevas subjetividades, y el verdadero problema es construir una fuerza capaz de hablar el mismo lenguaje afectivo, dice Caces Camarero en esta nota que es muy interesante. No se trata de capturar esa subjetividad, sino de traducir esos valores que vimos en la calle: comunidad, lealtad, dignidad plebeya, rechazo al cinismo del poder, el patriotismo; todo eso que los excluidos de la discusión política y del sistema económico plantearon con la irrupción de las últimas horas.
Primero hay que ver a ese pueblo sensible, después construir una fuerza política. Es parte de un debate que algunos prefieren negar, pero hubo una irrupción que marca una excepción.
Vimos una fuerza descomunal en las calles, capaz incluso de llenar el vacío de representación. Y si no se traduce esa fuerza, esa subjetividad, esa masividad… bueno, es una fuerza que se dilapida. Es una paradoja, porque es una fuerza descomunal; una fuerza suficiente para terminar con Milei.

