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La historia de las naciones suele escribirse en los grandes despachos, pero a veces se define en la brevedad de un pasillo. Corría el año 2011 y la Asamblea General de la ONU, en su edición número 66, servía de escenario para el desfile habitual de mandatarios. Entre el murmullo de las delegaciones y el protocolo neoyorquino, se produjo un encuentro fortuito —aunque cargado de información estratégica— que cambiaría el destino energético de la Argentina.
En un saludo que no llegó a las formalidades de una reunión bilateral, el entonces presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, se acercó a Cristina Fernández de Kirchner. Con la parquedad de quien maneja datos de inteligencia global, Obama le transmitió una novedad que su propia Secretaría de Energía custodiaba bajo la forma de informes técnicos: la Argentina no era solo una llanura fértil, sino que dormía sobre una de las reservas de hidrocarburos no convencionales más grandes del planeta.
Según los documentos que manejaba la administración demócrata, el suelo argentino albergaba el segundo yacimiento de shale gas y el tercero de shale oil a nivel mundial. El nombre de esa formación geológica, que hasta entonces solo resonaba en los oídos de unos pocos iniciados, era Vaca Muerta.
La política de lo posible
Sin embargo, el camino hacia la soberanía energética no fue lineal. La reconstrucción de aquellos años revela que el gobierno argentino ya había barajado la posibilidad de retomar el control de YPF mucho antes de la expropiación de 2012. Existieron intentos previos para comprar las acciones de la petrolera, en ese entonces en manos de la española Repsol, pero la coyuntura política interna dinamitó las gestiones financieras.
En el centro de la escena aparecía la pugna legislativa. El denominado Grupo A, el bloque opositor de aquel entonces, había logrado aprobar la ley del 82% móvil para las jubilaciones. Cristina Fernández de Kirchner, apelando a argumentos de responsabilidad fiscal, se vio obligada a vetar la iniciativa.
En ese clima de tensión económica y social, el Estado evaluó el desembolso de una cifra astronómica para la época —se estima entre 11.000 y 15.000 millones de dólares— para recuperar la compañía nacional. La interpretación política del momento fue tajante: no estaban dadas las condiciones para semejante gasto mientras se ajustaban las cuentas públicas frente a los reclamos previsionales.
El origen neuquino
Si bien el dato de Obama en la ONU funcionó como un catalizador geopolítico, la «prehistoria» de la roca tiene raíces locales. El primer dirigente político en tomar dimensión real de lo que escondía el subsuelo fue el gobernador de Neuquén, Jorge Sapag.
Hacia el año 2008, un grupo de exingenieros de la vieja YPF estatal se acercaron a Sapag para explicarle que la formación Vaca Muerta no era simple piedra muerta, sino una fuente inagotable de recursos si se aplicaban las técnicas adecuadas. El gobernador, con una visión adelantada para la región, viajó a Houston para intentar vender futuras explotaciones.
Eran tiempos donde el fracking (la fractura hidráulica) apenas comenzaba a revolucionar la industria en el hemisferio norte y despertaba tantas dudas como ambiciones. En Argentina, la técnica todavía era mirada con escepticismo, pero la semilla ya estaba plantada. Lo que comenzó como un dato técnico en la oficina de un gobernador y se confirmó en un breve intercambio entre dos presidentes en Nueva York, terminó por configurar el actual mapa de poder de la República Argentina, devolviendo al país al tablero de las potencias energéticas.


