Tiempo estimado de lectura: 2 minutos, 15 segundos
El periodista Carlos Pagni analizó los ataques del presidente Javier Milei hacia la prensa. Aseguró que los agravios no lo afectan, pero advirtió que la agresividad oficial genera un evidente clima de censura indirecta. El poder gubernamental tiene la enorme responsabilidad de garantizar la libertad de expresión sin recurrir a la intimidación.
En el actual clima político argentino, fuertemente marcado por la constante confrontación pública, el reconocido periodista y ensayista abordó la manifiesta hostilidad del Jefe de Estado hacia los comunicadores.
Consultado sobre qué le generan los sistemáticos insultos que Javier Milei le dedica a través de diversos medios, optó por una postura de serena distancia. «Ah, nada. Resbalan. No me importan demasiado. Es estilo», sentenció, restando peso a las diatribas del poder ejecutivo. Para ilustrar su firme posición frente a esta adversidad discursiva, recurrió a una clásica cita literaria. Recordó que, tal como sostenía Jorge Luis Borges, «el que insulta de determinada manera se insulta a sí mismo».
Esta sólida coraza frente a la agresión es el fruto de un temperamento forjado en décadas de labor profesional. Carlos Pagni confiesa que, por suerte, estas provocaciones no logran enojarlo en absoluto. Su gran victoria íntima frente a la hostilidad oficial radica en mantener intacta su clara objetividad. Según sus propias palabras, posee un carácter que impide que el entorno logre lo peor: «contaminar mi trabajo con un estado de ánimo que me saque de lo que tengo que hacer».
Periodismo, poder y la metáfora del fuego
Sin embargo, el debate trasciende lo personal y se adentra en el rol de los medios en la sociedad moderna. Ante la consulta sobre si un gobierno que ataca el disenso logra inhibir a la prensa, el destacado analista propuso una profunda reflexión sobre la naturaleza del oficio.
«Quiero ser claro, voy a decir algo muy general», anticipó, para definir luego que los periodistas «no hacemos política en el sentido que la hace un político, pero estamos en la política». Esta sutil distinción resulta crucial.
Para graficar esta tensión inherente, Carlos Pagni ofreció un ejemplo clarificador. Si un artículo publica una noticia absolutamente verdadera y estrictamente necesaria, pero arruina la tranquilidad de una persona poderosa, el periodista debe tolerar el previsible enojo consecuente.
«No puedo decir: ‘Estoy ejerciendo la libertad de prensa y vos, como ciudadano republicano tenés que tolerar lo que escribo'», argumentó. Las consecuencias adversas son parte del ecosistema natural de la información pública. Para rematar esta idea fundamental sobre la inevitable fricción de intereses, apeló a la conocida expresión del pragmatismo anglosajón: «Al que no le gusta el fuego que se aleje de la cocina».
Asimetría institucional y censura indirecta
A pesar de aceptar las duras reglas que rigen el debate, trazó una línea divisoria insoslayable respecto a las obligaciones institucionales del Estado. «Dicho esto, es responsabilidad de los gobiernos generar un clima de libertad, donde cada uno pueda decir y pensar lo que quiera», enfatizó, dejando en claro que no busca minimizar la gravedad del problema.
El peligro real radica en el impacto desigual dentro del ecosistema mediático. Es probable que muchos se sientan intimidados ante la evidente asimetría de fuerzas. Cuando el ataque directo proviene de alguien investido con el inmenso poder y la natural amplificación que otorga la Presidencia de la Nación, el cálculo personal y profesional cambia rotundamente.
Ante la concreta perspectiva de ser expuesto al escarnio por la máxima autoridad, muchísimos comunicadores podrían simplemente optar por el silencio para resguardar su paz familiar. El experimentado periodista cerró con una definición lapidaria: «Y sí: es una forma de censura indirecta, sutil, que será asimilada como forma de censura o afectará a aquel que tenga la piel más sensible para ese tipo de cosas».

