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Alejandro Horowicz repasa las transformaciones económicas e institucionales del país desde mediados de los años 70 y sostiene que el escenario político actual no es un error coyuntural, sino la consecuencia de un proceso de medio siglo. Frente a la crisis del sistema de partidos y el mito del salvador individual, remarca la necesidad de construir una alternativa desde la acción colectiva.
El talentoso ensayista y editor analizó en una entrevista con el programa Después de la Deriva, de la plataforma Revuelto Radio, la continuidad política que explica el ascenso de Milei.
—¿Cómo llegamos a Milei?
Si la pregunta es si hay vida después de Milei: sí, la hay. El problema es de qué calidad, y esa ya es una pregunta más compleja. Ahora, ¿cómo llegamos a Milei? Podemos hacer una reflexión doble: Digamos, en principio, que el 2001 no pudo parir un nuevo orden político; esa es una de las razones. La segunda es que el orden político existente, que no se modificó sustantivamente, arranca en el Rodrigazo. Esto es en 1975; es decir, hace más de medio siglo.
No empezó la semana pasada, no es el resultado de un error en particular, sino de una dirección que podemos constatar sin ningún tipo de dudas. Conviene recordar que en ese año nefasto, en febrero, María Estela Martínez de Perón dictó su famoso decreto por el cual las Fuerzas Armadas intervenían Tucumán.
Cualquiera que lea el texto —que es público— puede ver que la orden de la presidenta, en su rol de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, es "neutralizar y/o exterminar" al enemigo subversivo. Digo esto porque "subversivo" no es precisamente una figura del Código Penal. Subversivo es todo aquel que a mí se me cante. Si me parece que el modo en que cantás es subversivo, lo sos; si me parece que escribís subversivamente, también lo sos; y, por supuesto, si se te ocurre querer cambiar esta cochina camiseta social, sos un subversivo sin debate.
En octubre, Ítalo Argentino Luder firmó el segundo decreto. Era el presidente del Senado a cargo del Poder Ejecutivo en ese momento, mientras María Estela descansaba con las tres esposas de los tres comandantes; esa era su guardia pretoriana. Luder extendió el área de acción de las Fuerzas Armadas a todo el territorio nacional, pero para que quedara más claro, tachó el "neutralizar" y dejó la orden ad nihilum: reducir a nada a la oposición.
Conviene recordar que, en el medio, los dirigentes políticos que supuestamente expresaban la democracia republicana explicaron que no deseaban de ningún modo que fracasaran los militares, cuando el triunfo militar dejaba muy claro a qué remitía y qué suponía esa victoria.
Para que no hubiera dudas sobre la continuidad, el candidato presidencial del Partido Justicialista —después de que María Estela Martínez de Perón se negara a serlo— fue el propio Luder. Es uno de los pocos casos de alguien a quien todos le piden que los dirija y se niega a hacerlo. Bueno, parece que no fue el único, porque después las siguientes conducciones tampoco fueron de una calidad muy superior.
Luder fue el candidato a presidente del PJ. Como no era un simple abogado sino un jurisconsulto, un especialista en derecho constitucional que dictaba la materia en la Universidad del Rosario, nos explicó que la ley de autoamnistía de los militares era una ley y que, por cierto, el Congreso la podía derogar, pero que al haber dos leyes en pugna correspondía aplicar la más benigna para el juzgado. De modo que nos informó desde el vamos que la impunidad estaba garantizada.
Raúl Alfonsín, en cambio, hizo un amague publicitario. Nos explicó que había que distinguir entre los que dieron las órdenes, los que las cumplieron y los que se excedieron. Voy a dejar a criterio de cada uno entender cómo alguien puede excederse en una orden de "reducir a nada", pero saltemos este aspecto casi literario para entrar en el fondo de la cuestión: la presuposición de esa distinción es que las órdenes iniciales eran legales.
El artículo 67 de la Constitución Nacional —no hay por qué creerme a mí, abran el artículo y miren— permite saber que intervenir una provincia es una atribución exclusiva del Congreso, que en ese momento estaba funcionando. La legislatura no solo no dijo nada, sino que mandó una delegación a la escuelita de Famaillá para que nos quedara muy claro lo bien que se estaba cumpliendo la orden. Esto demuestra que la continuidad no es analítica, es empírica y fáctica. Y cuando se intenta disfrazar esto de otra cosa, no se es más que un cómplice.
Ahí arranca José Alfredo Martínez de Hoz. La norma que garantiza la modificación estructural es, ni más ni menos, la Ley de Entidades Financieras de 1977, que sigue vigente.
Después tuvimos 1983 y el Juicio a las Juntas, apoyado en dos decretos que articuló Alfonsín: primero, el juicio a las Juntas Militares; y atrás, el juicio a la conducción sobreviviente de Montoneros. La del PRT era imposible porque no quedaba un ladrillo en pie y porque no convenía ampliar el abanico propagandístico. De modo que la "teoría de los dos demonios" no es el resultado del prólogo del Nunca Más —que refuerza esa idea—, sino una decisión del Poder Ejecutivo desde el inicio. Es el punto de vista de la Unión Cívica Radical, del orden político y del bloque de las clases dominantes.
¿Por qué? Porque servía para desresponsabilizar al conjunto de la sociedad argentina. Había "unos loquitos de un lado y unos loquitos del otro", y estos loquitos hicieron un desastre. A unos loquitos era muy fácil identificarlos porque usaban uniforme; de modo que, para descubrir a un demócrata constitucional, todo lo que había que mirar era en qué sastrería se vestía. Si se vestía en Thompson y Williams, no cabía duda de que estaba todo bien.
Y de ahí en adelante la rueda siguió girando hasta que estalló. Me voy a ahorrar a Carlos Saúl Menem y me voy a ahorrar la reforma constitucional, cuyo objeto central fue la continuidad y no la modificación del orden político.
El relato de que el Poder Ejecutivo quedaba controlado por el Legislativo es falso: cualquiera que quiera mirar puede ver lo que pasó con Milei, quien tenía la más absoluta minoría en el Congreso. ¿Y qué le impidió eso? Además, cuando el Congreso sanciona una ley, ¿qué significa? Miren si no lo que ocurre con la Ley de Financiamiento Universitario.
No es que uno sea un maldito; simplemente se trata de poner los patitos en orden y sumar o restar donde corresponde. El resultado de esa cuenta es Milei.
—En esos 50 años de continuidad que mencionás, y que tuvieron alguna expectativa en el 2001 que no pudo ser, ¿creés que puede haber un final o se va a seguir reconstruyendo la misma continuidad?
—Si depende del orden político existente, la respuesta es obvia: de esta cacerola no sale ningún otro guiso. Eso está clarísimo, y el que quiera comer otro guiso va a tener que poner otra cacerola al fuego con otros ingredientes, dicho amablemente.
La política no es una actividad de profesionales; es una actividad colectiva. Cuando la política deja de ser colectiva, se convierte en esto. Volverá a ser política cuando haya una invención de abajo hacia arriba, cuando dejemos de esperar a otro Mesías. Conviene recordar que la tradición del Mesías tiene dos versiones: una es la de los que llevan un rato largo esperando y parece que no viene; la otra es que, cuando viene, lo clavan en una cruz. Teniendo en cuenta ambas versiones, es prudente dedicarse a otra cosa con otro método.
—Sin embargo, estamos educados para esperar ese mensaje. Si se nos acaba Messi, estamos buscando urgentemente quién lo va a reemplazar, y en la política buscamos nombres en quiénes confiar para ir detrás.
—Lo que pasa es que la gente va poco al teatro y no lee a (Samuel) Beckett; si no, sabrían que en Esperando a Godot no pasa gran cosa.
—Esos 50 años que nombrás y ese proceso que inicia en el 75/76, ¿marcarían lo que considerás el "cuarto peronismo"?
—En efecto, el cuarto peronismo es incluso anterior. La muerte del general Perón supone, entre otras cosas, el fin del Plan Gelbard.
Conviene recordar que José Ber Gelbard era el presidente de la Confederación General Económica (CGE), que había absorbido en ese momento a la Unión Industrial en la Confederación General de la Industria. Tenía un programa de crecimiento económico y de sustitución de importaciones que era otra versión del programa de Federico Pinedo en los años 40. Aquello no se estableció como una abstracción teórico-académica, sino como una constatación empírica: cuando tenés una guerra enfrente y no tenés cómo aprovisionarte, o fabricás o estás en el horno.
La sustitución de importaciones no surge de una sesuda lectura de El Capital, sino de entender exactamente lo que pasa enfrente mientras pasa. Claro que esto supone un férreo principio de realidad, cosa que Pinedo tenía. Pinedo era conservador, pero no tonto. No es obligatorio que un conservador sea tonto; hemos visto tontos de los más diversos pelajes y nadie tiene el monopolio de la imbecilidad.
De modo que el cuarto peronismo arranca casi en el minuto en que Gelbard se va y empieza la calesita de ministros. El Rodrigazo no es más que la puesta en práctica de la continuación de esa política.
—Ese cuarto peronismo que llega hasta nuestros días, y que a algunos les cuesta aceptar que abarca tanto a ese período como al kirchnerismo, ¿creés que está llegando a su fin hacia un quinto peronismo o se termina en el cuarto?
—Escribí un texto sobre El kirchnerismo desarmado. Cuando lo publiqué, los kirchneristas estaban francamente enojados; ahora creen que soy un canciller. Y tienen razón, porque Jacobo Timerman me enseñó hace un rato largo: "Horowitz, los que tienen que putear son los que leen, no los que escriben". Uno tiene que entender en qué régimen trabaja, y si los argumentos y los datos están bien planteados, no es preciso elevar la voz. Es suficiente. Y para los que no es suficiente, debo decirte que no tienen remedio. Siempre vas a encontrar melancólicos que quieren volver a un pasado que jamás existió.
—¿Cómo es eso?
—Claro, como dice el tango: "volver al viejo barrio". El barrio es el barrio de la memoria de cada uno, no es un espacio físico real. En ese barrio, el único retorno posible es musical, literario o poético. A eso sí se puede volver. Pero el que cree verdaderamente que existe una "Operación Retorno" tiene que saber que fracasó no sólo en 1964, sino que fracasó siempre.
Está condenada estructuralmente y el motivo es simple: el mundo de 1946 ya no era el mundo de 1991, el mundo de 1991 no era el de 2008, y el de 2008 ni siquiera es el mundo de hoy.
Cuando tenemos que admitir que las cosas son como son... Entiendo que hay gente que prefiere escuchar aquello que de antemano concuerda con su propio punto de vista. Es una decisión, pero además de ser enormemente aburrida, no sirve para cambiar nada. Si alguien cree por ventura que es posible salir de este fandango sin cambiar más de medio millón de cosas, no entendió nada.
