Crimen de la minera Vale

Una aldea completa aguas abajo del dique de tóxicos está forzada al éxodo por la contaminación del río

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Un pataxo en la orilla del río Paraopeba, aguas abajo de la represa de la minera Vale que se rompió. Foto: Pedro Ladeira, Folhapress

El drama humano y ecológico que significó la rotura del dique de la minera Vale en Brumadinho, Minas Gerais, ofrece todos los días una historia que dimensiona el accionar criminal de esa compañía. A las muertes y desapariciones de decenas de personas, cuyas familias siguen al borde del mar de lava esperando por sus restos, se suma el futuro destrozado de los que quedaron vivos. Los miembros de la tribu de los pataxos, que dependían del río Paraopeba, cuyas aguas ahora son un lodazal de arsénico, mercurio y demás tóxicos que deja la extracción de oro, son un ejemplo de ello.

La comunidad de los pataxos habita un pueblo que se encuentra en la orilla izquierda del río Paraopeba, en una zona de bosque denso, en Sao Joaquim de Bicas, pocos kilómetros aguas abajo del sitio donde estalló la presa Vale. Las secretarías mineras de Salud, de Medio Ambiente y de Agricultura, Pecuaria y Abastecimiento informaron  que el agua del río Paraopeba presenta riesgos para la salud humana y animal y no debe ser consumida sin tratamiento, según reporta el diario Folha.

Cientos de indios han tenido que irse de la aldea asentada sobre la margen del río, que ya no será fuente de alimento e higiene y que, además, es riesgoso para sus vidas por el nivel de contaminación. Las mujeres embarazadas encabezan ese éxodo.

“Cuánta gente, cuántos peces todavía van a necesitar morir a causa de mineral, de oro, de plata, nuestra vida vale más que eso”, dijo a ngohó -que significa luna, esposa del cacique Hayó al diario citado.

“En la aldea están hoy 27 familias, de las 37 que allí vivían antes de la ruptura de la represa. Diez de ellas partieron a la casa de parientes o amigos en barrios de periferia de Belo Horizonte, porque tenían entre ellas embarazadas y niños pequeños. El río Paraopeba era la única fuente de agua de ellos. Los pataxós la utilizaban para beber, cocinar, bañarse, lavar vajillas y ropa, regar huertas y mudas de árboles nativos que plantan en un área deforestada anteriormente . Y también para la pesca, el ocio y las ceremonias”, detalla Folha.

Ahora, la única fuente de agua es la de las donaciones. El domingo 27, el órgano de coordinación regional de Minas Gerais y Espírito Santo de la Fundación Nacional del Indio (Funai) ofreció enviar agua en camiones, pero no tienen ningún lugar para almacenarla. “Desde el rompimiento, están usando con parsimonia el agua mineral donada para todo, hasta higiene”, indica el reporte.

“El Paraopeba corre muy cerca de la aldea. Se accede a través de una pista de unos 200 metros. Este sendero se abre en un claro de donde se llega al río, que ahora desciende turbio y denso. En su borde, el olor nauseabundo de peces en descomposición aleja a la gente. En el margen a la derecha, un remanso provoca un remolino natural donde peces muertos quedan atrapados, girando”.

Una historia de migrantes

Los Pataxos llegaron a la orilla del Paraopena, cuenta el Folha, después de recorrer un largo camino hasta llegar a San Joaquín de Bicas. Los que están allí son del tronco Pataxó de la madre, oriundos de Coroa Vemelha, cerca de Porto Seguro, en el sur de Bahía. Son el tronco más tradicional de los pataxós, de la aldea reverenciada como “la madre de todas”.

Habitantes del Sur de Bahía desde siempre, hace unos 30 años comenzaron a emprender un proceso de desconcentración, en busca de espacio y oportunidades. Cerca de diez familias descendieron a Belo Horizonte hace más o menos siete años, donde vivían de la venta de artesanía y trabajo en la construcción civil. Endeudados, empobrecidos y divididos, decidieron que iban a regresar
colectivamente a la naturaleza”, señala la crónica.

Así se asentaron en la orilla del río aguas abajo de la represa de Vale y construyeron la aldea que vive y sustenta su economía de esas aguas.

“Elegimos el área de los márgenes del Paraopeba justamente por ofrecer agua abundante y naturaleza exuberante, además de un dueño que nadie nunca supo quién es”, recuerda Hayó.

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