Tiempo estimado de lectura: 2 minutos, 15 segundos

Mientras los helicópteros aterrizaban en los helados picos de Davos para la reunión anual del Foro Económico Mundial, el aire en el centro de convenciones se sentía más ligero, casi vacío. Faltaba gravedad. Durante décadas, la pequeña villa suiza fue la cabina de mando de la globalización. Pero tras el primer año del segundo mandato de Donald Trump, el centro de gravedad del poder y el capital se ha desplazado violentamente hacia el oeste: concretamente, hacia una triangulación entre Texas, Florida y Silicon Valley.
La lista de asistentes de este año y, más importante aún, la lista de los ganadores financieros de 2025, cuenta la historia de un cambio de guardia histórico. El «Hombre de Davos» —globalista, regulado y obsesionado con los criterios ESG— ha sido eclipsado por el «Tecno-Libertario»: nacionalista, desregulado y obsesionado con la conquista (espacial y de mercado).
La divergencia de las fortunas
La figura central de este cisma es Elon Musk. Hace doce meses, su rol en la administración entrante generaba dudas en Wall Street. Hoy, esas dudas se han transformado en una fortuna que roza los 680.000 millones de dólares.
La integración vertical de sus empresas con la agenda nacional de EE. UU. —SpaceX como brazo logístico de la defensa y Starlink como columna vertebral de las comunicaciones— ha creado un precedente inédito: el magnate no como contratista del Estado, sino como socio operativo del mismo.
En contraste, los magnates tradicionales que poblaron los pasillos de Davos durante años —figuras vinculadas a la banca tradicional europea o a las Big Tech menos alineadas— vieron un año de estancamiento relativo. Mientras Musk y Larry Ellison (Oracle) surfeaban la ola de la desregulación de la Inteligencia Artificial y los contratos de defensa, otros titanes gastaron el 2025 esquivando aranceles comerciales y reestructurando sus cadenas de suministro lejos de China.
El fin de la agenda ESG
Quizás el golpe más duro para el espíritu de Davos ha sido el cambio en la matriz de inversión energética, un tema que resuena con fuerza en economías de recursos como la de Argentina.
Durante años, Davos predicó la transición verde a cualquier costo. El primer año de Trump 2.0 desmanteló esa narrativa no con negacionismo, sino con pragmatismo de mercado. La demanda voraz de energía para los centros de datos de IA —el verdadero motor de la riqueza en 2025— obligó a los magnates tecnológicos a abrazar lo que la Casa Blanca llama «seguridad energética».
Esto disparó las fortunas de quienes invirtieron en gas natural (GNL), visto ahora como el combustible de transición permanente; energía nuclear, con Ellison y Altman liderando la carga para reactores modulares, y minería estratégica, el cobre y el litio ya no se valoran por «salvar el planeta», sino por «ganar la carrera tecnológica contra Oriente».
La irrelevancia de la montaña mágica
Lo que está ocurriendo en enero de 2026 es el desacople final entre la élite burocrática y la élite del capital.
Mientras en Suiza se debate la «gobernanza ética de la IA», en Estados Unidos, los nuevos oligarcas tecnológicos están implementándola en el mundo real sin pedir permiso, respaldados por una Casa Blanca que ve en la tecnología su principal herramienta de hegemonía.
Para los mercados emergentes, y para Argentina en particular, la lección de este primer año es clara: los flujos de capital ya no siguen a las «buenas costumbres» diplomáticas de Europa, sino a la fuerza bruta de la innovación y la alineación estratégica con el nuevo eje de poder estadounidense. La riqueza ya no se pide en Davos; se conquista en Austin.

