
En la intrincada danza del poder económico y el poder político argentino, pocas relaciones han sido tan simbióticas, complejas y finalmente volátiles como la que ha unido al holding Techint, liderado por Paolo Rocca, con el Estado. Esa danza parece haberse convertido en un duelo público.
Lo que comenzó como una alianza estratégica casi orgánica con la llegada de Javier Milei a la presidencia ha derivado, en apenas dos años, en un enfrentamiento abierto y mediático, marcando uno de los divorcios más significativos entre el gobierno y un sector clave del establishment industrial.
La alianza fundacional
La historia reciente de este vínculo arrancó en la campaña electoral de 2023. El grupo de Paolo Rocca se erigió como uno de los principales aportantes financieros de La Libertad Avanza.
La influencia fue tangible y rápida: Horacio Marín, un histórico de Tecpetrol —la petrolera del grupo—, fue designado presidente de YPF. En la crucial Secretaría de Trabajo, asumió Julio Cordero, abogado jefe de Techint, quien sería uno de los arquitectos de la «modernización laboral» impulsada por el DNU 70/23 y la Ley Bases. Además, el grupo colocó cuadros técnicos en áreas energéticas clave, con la vista puesta en acelerar el desarrollo de Vaca Muerta, su principal interés estratégico.
Durante 2024, la relación vivió su idilio. Techint apoyó con fervor el RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones), un pilar de la Ley Bases que beneficiaba sus ambiciosos planes de infraestructura y energía. A cambio, el gobierno de Milei obtenía el respaldo del sector industrial más poderoso del país, un contrapeso invaluable frente a la resistencia de otros gremios empresariales, como los nucleados en la UIA, que veían con temor la apertura comercial irrestricta.
El quiebre
La luna de miel terminó de manera abrupta en diciembre de 2025. El detonante fue una licitación clave para un nuevo gasoducto de 480 km, esencial para la exportación de GNL desde Vaca Muerta. El consorcio SESA, liderado por YPF y PAE, adjudicó la compra de tubos a la empresa india Welspun, cuya oferta fue aproximadamente un 40% más barata que la inicial de Tenaris, la siderúrgica del grupo Techint: 203 millones de dólares frente a 296 millones.
La derrota fue un golpe durísimo para el conglomerado. Techint reaccionó con denuncias de «dumping», alegando que la empresa india utilizaba acero chino subsidiado, lo que constituía una competencia desleal. En un movimiento desesperado, el grupo llegó a ofrecer trabajar «a rentabilidad negativa» en una contraoferta, pero fue rechazada porque el contrato ya estaba firmado. Para el gobierno, la decisión fue un símbolo de su doctrina: priorizar el costo más bajo y la eficiencia, rompiendo con la tradición del «compre nacional».
Conflicto abierto
En las últimas semanas, la tensión ha escalado a niveles personales y retóricamente explosivos. En el reciente «Derecha Fest» en Mar del Plata, el presidente Javier Milei cargó contra Paolo Rocca sin nombrarlo directamente, pero con absoluta claridad. Afirmó que los empresarios que piden «protección estatal» y hacen «negocios turbios» con el Estado «deben ir a la quiebra». El ataque no se quedó en el escenario: Milei llevó la guerra a las redes sociales, acusando al grupo de intentar desestabilizar al gobierno tras las elecciones legislativas de septiembre de 2025.
Por su parte, el Ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, ha salido a defender la adjudicación a la empresa india como un triunfo de la «eficiencia» sobre el «proteccionismo prebendario». El mensaje es claro: para el gobierno, el privilegio corporativo ha terminado, sin importar quién esté detrás.
Cooperación, subsidios y conflicto
Este enfrentamiento actual es solo el capítulo más reciente de una relación de décadas marcada por la dialéctica. Desde los años ’70, Techint consolidó su poder bajo el amparo estatal, beneficiándose de la Ley de Promoción Industrial y, en un hecho crucial, de la estatización de deudas privadas en 1982, durante la última dictadura militar.
En los ’90, con el gobierno de Carlos Menem, el grupo expandió su imperio con la polémica adquisición de la acería estatal SOMISA, consolidando su monopolio en el acero plano a través de Siderar. Aunque inicialmente apoyó la convertibilidad, su distanciamiento con el «menemismo tardío» comenzó cuando presionó por una devaluación para recuperar competitividad.
La era kirchnerista (2003–2015) fue una verdadera montaña rusa. Con Néstor Kirchner, hubo una alianza fuerte; Techint era el emblema de la «burguesía nacional». Sin embargo, el punto de quiebre llegó con la nacionalización de Sidor en Venezuela en 2008. El grupo reclamó un apoyo más agresivo de Cristina Fernández de Kirchner ante Hugo Chávez, y la relación se enfrió drásticamente, derivando hacia el final del mandato en causas judiciales y presión estatal sobre el directorio de Siderar.
Incluso con Mauricio Macri (2015–2019), a pesar de la afinidad ideológica «pro-mercado», la relación fue tensa. A Paolo Rocca le preocupaba la apertura a las importaciones chinas, y el grupo se vio salpicado por el escándalo de los Cuadernos de las Coimas, lo que generó un distanciamiento táctico del gobierno para evitar el costo político.
Con Alberto Fernández, los insultos fueron directos: el presidente llamó «miserable» a Rocca por despidos masivos en 2020. Solo la necesidad mutua de desarrollar el Gasoducto Néstor Kirchner actuó como una tregua temporal.
Un gigante en la encrucijada
Hoy, Techint se encuentra en una posición incómoda, quizá la más difícil desde los años ’70. A pesar de contar aún con funcionarios «propios» como Horacio Marín en YPF, se siente traicionado por un gobierno al que ayudó a construir y que ahora lo señala como parte de la «casta empresarial». Su estrategia histórica —exigir protección arancelaria, especialmente contra el acero chino, mientras se transforma en un productor energético clave con Tecpetrol y reinvierte utilidades en el país— choca de frente con el dogma libertario de Milei.
La historia indica que Techint ha sabido navegar todos los cambios de signo político, sobreviviendo gracias a su carácter de proveedor estratégico e indispensable para la infraestructura nacional. Sin embargo, el actual conflicto pone a prueba esa resiliencia como nunca antes.
Sin Luis Betnaza, el operador histórico del Grupo Techint, Rocca se enfrenta a una prueba colosal camino al epilogo de su reinado en la industria y la política gremial empresaria: si va a la guerra contra Milei puede perder, pero también puede ganar, mientras que si se rinde: pierde y listo. Betnaza se retiró después de poner el cuerpo por Rocca ante la Justicia en la Causa Cuadernos, adjudicándose la decisión de pagar retornos en Venezuela en la negociación por la salida del grupo de un contrato con el gobierno del ex presidente Hugo Chávez.
Jorge Asís describió a su estilo la ausencia del canciller de Paolo Rocca. «Paranoicos plantean que don Paolo aprovecharía los efectos de la derrota comercial para abandonar la Argentina. Peor que herido o vencido se siente humillado, aún sin consciencia del cuestionable manejo institucional».
PASEO EN CAÑO PARA LA WELSTON. Sin la excelencia de Luis Betnaza, la multinacional Techint deriva en una PYME de frágil conducción. El consorcio SESA descolocó a don Paolo Rocca al decidir que la Welston, empresa India, se quede con la licitación. Pese a las desarticuladas…
— Jorge Asis (@AsisOberdan) January 28, 2026


