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El año 2000 traía consigo el peso del cambio de milenio. Mientras el mundo respiraba aliviado porque el temido colapso informático del Y2K no había ocurrido, en Argentina se gestaba otro tipo de colapso, uno social, económico y, para la patria rockera, el final de su mito más grande.
En ese noviembre denso y premonitorio, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota lanzó Momo Sampler, su undécimo y último disco de estudio. No fue un adiós complaciente; fue un portazo cibernético, oscuro y desafiante. El disco expresó el concepto artístico que Solari quería para la banda en ese momento, que no era el mismo del de sus compañeros de ruta. La grieta conceptual más las desaveniencias que imperaban para entonces entre los integrantes de la banda derivaron en la extinción de la agrupación cuando gozaba de la mayor popularidad en su larga historia.
→EL ÚLTIMO CARNAVAL: recorrido por las entrañas de Momo Sampler
Máquinas, loops y soledad
Si Luzbelito (1996) había sido la oscuridad sinfónica y Último Bondi a Finisterre (1998) el coqueteo con el futuro, Momo Sampler fue la inmersión total en la frialdad de las máquinas. El título no era una metáfora: el «sampler» fue el instrumento principal. El Indio Solari y Skay Beilinson, los dos arquitectos del mito, trabajaron de manera casi obsesiva en el estudio, alejados de la dinámica tradicional de banda de garaje.
Las guitarras de Skay ya no buscaban el riff directo y celebratorio de los primeros años, sino que aparecían procesadas, filosas y fragmentadas. Las bases se construyeron sobre secuencias rítmicas, cajas de ritmos y recortes sonoros (samples) de cantos de murga, ruidos y voces anónimas.
La voz del Indio sonaba por momentos distante, filtrada, como un predicador hablando a través de un megáfono en una ciudad en ruinas. El resultado fue un álbum claustrofóbico, denso y vanguardista. Canciones como «Morta punto com» y «Sheriff» mostraban una rabia mecanizada, muy alejada del rocanrol de estadio que sus propios fanáticos esperaban.
Carnaval de máscaras
El Rey Momo es la figura central de los carnavales, el rey de la farsa y la carne. En el universo ricotero de este disco, el carnaval no es una fiesta popular de liberación, sino un desfile grotesco y cínico.
El disco es una crónica feroz sobre la impostura de la sociedad moderna, la virtualidad y la falsedad. A través de himnos oscuros como «El templo de Momo» o «La murga de los renegados», el Indio disecciona a una sociedad que sonríe bajo máscaras mientras se desmorona. Todo es plástico, todo es un «sample» de algo que alguna vez fue real.
Aun así, en medio del asfalto y el cableado, el disco esconde una de las baladas más bellas y melancólicas del repertorio de la banda: «Una piba con la remera de Greenpeace», un respiro de humanidad y nostalgia pura en un océano oscuro.
El Canto del Cisne
Momo Sampler bien puede considerarse la banda sonora del hundimiento inminente de la Argentina de 2001. Hay una tensión palpable en cada surco del disco que reflejaba no solo el clima de un país al borde del estallido social, sino también las fracturas internas de la propia banda.
Las diferencias creativas y personales entre el Indio y Skay habían alcanzado su punto de no retorno. El disco expresa a dos genios trabajando juntos pero desde habitaciones separadas, comunicándose a través de cables y consolas. Fue un esfuerzo titánico que culminaría con la mítica y fatídica presentación en el Estadio Chateau Carreras (rebautizado Mario Alberto Kempes), de Córdoba, en agosto de 2001, el último recital en la historia de Los Redondos.
El legado del Rey Momo
Momo Sampler es el disco más difícil y menos complaciente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En su momento, desconcertó a una parte de «las bandas» (su público fiel), que añoraban el sonido crudo de Oktubre o ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado. No obstante, el desarrollo de los acontecimientos no tardaría en apalancar la fama de visionario que ya arrastraba el Indio Solari.
Momo Sampler es una obra maestra de la experimentación, un disco profético que prueba que Solari entendió antes que muchos hacia dónde iba el mundo: hacia la soledad de las pantallas, la simulación constante y la pérdida de los rituales auténticos.
Los Redondos no se despidieron tocando acordes nostálgicos. Se fueron mirando al futuro, disfrazados para el carnaval más oscuro, y dejando tras de sí un disco que, más de dos décadas después, sigue sonando moderno, desafiante y brutalmente honesto.

