
La confrontación militar entre Estados Unidos e Irán estalló con renovada violencia luego de que el presidente Donald Trump declarara roto el alto el fuego vigente desde abril y ordenara una ofensiva a gran escala contra la República Islámica. La respuesta de Irán no se ha hecho esperar y ha ampliado el campo de batalla más allá de sus fronteras.
Desde el 7 de julio, la Fuerza Aérea estadounidense ha lanzado oleadas masivas de bombardeos —con más de 400 objetivos militares alcanzados en apenas seis días—, incluyendo bases navales, depósitos de misiles y sistemas de defensa aérea en Bandar Abbas, Bushehr y las islas de Qeshm y Abu Musa.

Israel, aunque no participa directamente en esta segunda fase para evitar una escalada regional mayor, mantiene sus propias operaciones contra instalaciones nucleares en Natanz y Arak, al tiempo que coordina escenarios de alerta máxima con Washington.
La Guardia Revolucionaria iraní replicó con cien oleadas de misiles y drones contra activos estadounidenses localizados en países vecinos, que sin ser parte directa en el bando beligerantes han sufrido daños colaterales derivados de los pactos con Estados Unidos que implicaron la instalación de bases militares de la mayor potencia potencia nuclear del planeta en los alrededores de Irán.
La respuesta bélica del gobierno islamista se expanadió a Catar, Arabia Saudita y Baréin, donde fue alcanzada por proyectiles iraníes la base de Juffair (sede de la Quinta Flota de Estados Unidos). Irán afirma haber destruido almacenes de armamento y centros de comunicaciones en la locación en esa posición clave para las fuerzas armadas norteamericanas. También cayeron misiles iraníes en Jordania, Kuwait y Omán con misiles y drones.
El epicentro del conflicto volvió a situarse en estrecho de Ormuz, el punto más sensible para el comercio energético mundial. Irán proclamó su cierre total hasta nuevo aviso, mientras que Trump insiste en mantenerlo abierto y ha restablecido un bloqueo naval a los puertos iraníes.

Naciones Unidas, a través de la Organización Marítima Internacional, condenó los ataques a navíos civiles y rechazó cualquier cobro de peajes, instando a una desescalada diplomática que, por ahora, parece remota ante la firmeza de ambas potencias y el creciente riesgo de un conflicto abierto en toda la región del Golfo.
El conflicto entre Estados Unidos e Irán se reavivó formalmente el 7 de julio de 2026, cuando el presidente Donald Trump notificó al Congreso la reanudación de las hostilidades contra Irán. Esta escalada se produjo después de que Trump declarara terminado el alto el fuego vigente desde abril, acusando a Irán de violar el memorando de entendimiento firmado el 17 de junio al atacar buques comerciales en el estrecho de Ormuz.
El conflicto original comenzó el 28 de febrero de 2026 con bombardeos aéreos conjuntos de EE.UU. e Israel contra Irán. Tras meses de combates y un alto el fuego en abril, la situación volvió a escalar en julio con una intensidad renovada.
Estados Unidos marginó a Israel
Israel participó en el ataque inicial del 28 de febrero y ha mantenido operaciones propias. Desplegó ataques a instalaciones nucleares iraníes, incluyendo el complejo de agua pesada de Khondab cerca de Arak. Además ejecutó bombardeos a instalaciones nucleares, acereras y energéticas en Teherán y Natanz.
Israel no participa directamente en los ataques estadounidenses que provocaron una nueva escalada del belicismo.
Fuentes israelíes citadas por CNN indicaron que la administración Trump busca mantener a Israel al margen para evitar una mayor escalada. No obstante, las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) permanecen en alta alerta y han coordinado escenarios con EE.UU., incluida la posibilidad de que Israel se una a los ataques si la situación se intensifica.
